En el vasto panorama del atletismo español, pocos nombres brillan con tanto fulgor como el de Yago Lamela. Este prodigio del salto de longitud, que nació en 1977 y nos dejó prematuramente en 2014, comenzó a entrenar bajo la tutela de Juanjo Azpeitia cuando apenas tenía trece años. Azpeitia, un veterano del mundo del atletismo, recuerda a regañadientes como aceptó entrenar al joven Lamela, un chaval que en aquel entonces era conocido por su carácter díscolo y su tendencia a ir a su bola. A pesar de las reticencias iniciales, Azpeitia aceptó la propuesta tras la insistencia del padre de Lamela y de su propia esposa, Margui.
Menos de una década después, Lamela sorprendería al mundo del atletismo con un salto que, literalmente, cambió su vida para siempre. Fue en el Mundial de Maebashi, donde consiguió un salto de 8,56 metros, estableciendo un nuevo récord de Europa en pista cubierta. Nadie esperaba tal proeza, ni siquiera su entrenador, que reconoce que consideraba esa marca directamente inimaginable. A pesar de su logro, no fue suficiente para ganar. El cubano Iván Pedroso, gran dominador del salto de longitud de la época, se alzó con la victoria tras saltar 8,62 metros, el salto más largo jamás registrado en un Mundial.
El entonces entrenador de Lamela, Azpeitia, recuerda vívidamente cómo siguió la competencia desde Asturias a través de las narraciones telefónicas de Ramón Cid, responsable nacional de salto. En la charla previa a que Lamela partiera hacia Asia, Azpeitia optó por un enfoque motivacional y centrado en la confianza del deportista.
De ser un desconocido, Lamela regresó de Maebashi convertido en una celebridad. Su éxito deportivo, su juventud y su atractivo físico le catapultaron a la fama. Azpeitia recuerda cómo, durante el Mundial de Sevilla, la seguridad en su hotel tenía que estar en todas partes debido a la cantidad de personas que intentaban ver a Lamela. No obstante, a pesar de su fama, Lamela siempre fue sencillo y discreto, según recuerda Bruno Toledo, fondista que compartió habitación con él en varias competencias. Toledo describe a Lamela como una «fuerza de la naturaleza» que siempre soñaba en grande.
Tras su retirada como deportista, Lamela se convirtió en entrenador. Uno de sus alumnos, Alfonso Cuervo, subraya el talento innato de Lamela, que considera «uno de los mayores talentos que ha habido, un tipo tocado por una varita». Cuervo, ahora preparador de saltadores, sigue asombrado por la técnica de salto de Lamela.
A pesar de su impresionante carrera, Lamela nunca superó aquel salto de 8,56 metros que lo catapultó a la fama. Azpeitia especula que la falta de confianza en sí mismo y las lesiones pudieron haber jugado un papel en ello. Tras los Juegos Olímpicos de Sídney, Lamela decidió probar suerte lejos de Asturias, pero volvió a entrenar bajo la tutela de Azpeitia en la etapa final de su carrera. Aunque no pudieron recuperar su mejor versión, Lamela dejó un legado indiscutible en el mundo del atletismo español. Su trágica muerte a los 36 años por un infarto de miocardio dejó un vacío imposible de llenar, pero su recuerdo sigue vivo en todos los que le conocieron y en todos los que le admiraron desde la distancia.
