Menores en Ceuta y el valor irrenunciable de los vínculos familiares

Hay informaciones que señalan la presencia en Ceuta de niñas y niños de 12 años. Si es así —en un contexto en el que cada vez resulta más difícil distinguir lo verdadero de lo falso—, su principal situación de vulnerabilidad es estar separados de sus familias. Se ha dicho que estos menores padecen ansiedad y que es necesario atenderla. Pero resulta comprensible que un niño sienta ansiedad si está lejos de su familia, en un país desconocido y sin saber dónde estará al día siguiente. En tales circunstancias, esa reacción emocional no tiene por qué ser un trastorno que deba medicalizarse.

La relevancia de los lazos familiares no fue un descubrimiento de Bowlby y Ainsworth. Más de dos mil años antes, Sófocles situó en Antígona el enfrentamiento entre las obligaciones dictadas por el Estado y los deberes hacia la familia. Aristóteles, asimismo, colocó el oikos —el hogar y la familia— en el punto de partida de la organización social. Siglos más tarde, Bowlby, Ainsworth y otros investigadores aportaron evidencia científica a un conocimiento mucho más antiguo: los vínculos seguros durante la niñez son fundamentales para el desarrollo y la salud mental.

Las investigaciones de las últimas décadas indican que, entre los factores de protección y resiliencia más relevantes para el bienestar emocional de adolescentes como los que se encuentran en Ceuta, figuran la cohesión familiar y la presencia de personas estables de apego y vinculación. En niños y adolescentes, la separación, la incertidumbre y la falta de referentes permanentes cobran una especial relevancia. La función protectora de la familia y del entorno social, además, no concluye en la infancia: puede influir incluso en la evolución de los trastornos mentales más graves. Una de las explicaciones planteadas para el mejor pronóstico de la esquizofrenia en India frente a EEUU es el papel de redes familiares y sociales más unidas, capaces de amortiguar parte del impacto de la enfermedad sobre la persona.

No se trata de legalidad o ilegalidad, sino de humanidad. Los niños deberían poder permanecer con sus familias siempre que estas les proporcionen un entorno seguro. Conviene preguntarse si aceptaríamos para otros aquello que no desearíamos para nosotros mismos. ¿Qué pensaríamos si una hija de 12 años estuviera incomunicada en un país extranjero y expuesta a posibles abusos de adultos?

Considerar que un menor estará mejor en España que junto a su familia únicamente porque el PIB español es superior al del país de origen supone soberbia económica, reduccionismo y una negación de las dimensiones culturales y afectivas del desarrollo humano. Equivale a identificar bienestar con renta per cápita, protección con prosperidad material y necesidades humanas con capacidad adquisitiva. También implica asumir, con un paternalismo difícil de ocultar, que otros saben mejor que esos niños dónde deben estar y qué necesitan para ser felices; como si un país más rico pudiera reemplazar a los padres, las prestaciones al apego o la prosperidad material al sentido de pertenencia.

Durante años se ha defendido la importancia de los vínculos, la familia, la cultura de origen, la integración y el interés superior del menor. Sin embargo, cuando esos principios llevan a una conclusión que no encaja en determinados relatos, parecen perder relevancia. Defenderlos cuando son cómodos y apartarlos cuando resultan incómodos difícilmente puede considerarse coherente. Y, al parecer, la coherencia también se ha devaluado en los últimos tiempos.

Celso Arango es jefe de Servicio de Psiquiatría Infantil en el Hospital Universitario La Paz y académico de número de la Real Academia de Medicina.