El misterioso y fascinante mundo de la anguila europea (Anguilla anguilla) se ha convertido en un tema de interés creciente. Esta especie, que forma parte de las 19 que conforman el género Anguilla, es conocida por su particular ciclo de vida, que incluye largas migraciones entre el mar, donde nacen, y los sistemas de agua dulce en los que crecen. Tras un periodo que puede llegar a superar los 20 años, alcanzan la madurez y emprenden su regreso al mar para reproducirse y morir.
Las migraciones de las anguilas y su comportamiento han fascinado a la humanidad durante siglos. Sin embargo, esto no ha impedido que estas criaturas se conviertan en una fuente de alimento para diversas culturas que han tenido acceso a ellas. Restos de anguilas han sido encontrados en yacimientos paleolíticos en toda Europa, y su consumo es documentado en textos históricos, como las ‘Relaciones’ de Felipe II, que describen el gusto por las anguilas en el centro de España a finales del siglo XVI.
En la actualidad, la gastronomía contemporánea da múltiples usos a las anguilas, desde los ahumados europeos hasta platos más exóticos como el Jangeo-gui coreano o el all-i-pebre de Valencia. Sin embargo, la industrialización y globalización de la explotación de las anguilas han provocado su colapso.
El siglo XX vio la caza de casi 3 millones de grandes cetáceos. Ante el evidente declive de algunas especies, se creó la Comisión Ballenera Internacional en 1946, con la misión de garantizar “la conservación de los recursos para el desarrollo ordenado de la industria ballenera”. Sin embargo, esta misión fracasó, ya que las poblaciones de grandes cetáceos no podían resistir la presión de caza que sufrían. Era necesario un cese de la actividad.
En 1982 se acordó la moratoria de la actividad ballenera, implementada desde 1986. Para alcanzar la mayoría necesaria para la moratoria fue fundamental el papel de países miembros sin industria ballenera, así como el cambio de posición de algunos países que sí cazaban ballenas. Entre ellos, destacó el papel de España, que cambió su voto in extremis, convirtiéndose en un actor determinante en la aprobación de la moratoria.
Si bien la moratoria ballenera tiene puntos débiles, representa un éxito colectivo de la humanidad. Tomándola como ejemplo, David Attemborough ha dicho: “Conocemos cuáles son los problemas y cómo resolverlos. Lo único que nos falta es la acción colectiva”. Y eso es exactamente lo que nos falta con las anguilas.
La acción coordinada internacional es imprescindible para abordar problemas que afectan a múltiples especies, cuya distribución abarca muchos países y que son objeto de comercio internacional. Una moratoria internacional como la ballenera sería la medida más eficaz para conservar las anguilas. Sin embargo, los problemas de la anguila no se limitan a la ilegalidad ni a la cultura japonesa. En toda Europa se siguen comiendo legalmente grandes cantidades de anguila, y su consumo se promueve en diversos festivales gastronómicos.
Coordinar acciones internacionales de conservación no es sencillo, pero la moratoria ballenera muestra que es posible. Y en ese camino son importantes las decisiones tomadas a nivel regional o estatal. En el caso de la anguila europea son cruciales las decisiones tomadas por el Consejo de Agricultura y Pesca, supuestamente atendiendo a las recomendaciones del Consejo Internacional para la Exploración del Mar.
La anguila europea se encuentra actualmente en grave peligro. A pesar de las recomendaciones de los expertos, la pesca de la anguila continúa, amenazando su supervivencia. Es hora de que tomemos medidas para proteger a estas fascinantes criaturas, antes de que sea demasiado tarde.
(*) Miguel Clavero Pineda es científico titular del CSIC, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC).
