Los disruptores endocrinos, químicos procedentes en su mayoría del petróleo, son omnipresentes en nuestra vida diaria. Se encuentran en productos cosméticos, de higiene y limpieza, ropa, mobiliario, latas y alimentos plastificados, agua, biocidas, fangos de las depuradoras, entre otros. La mayoría de los plásticos, incluyendo los micro y nanoplásticos que ingerimos cada día, son grandes portadores de estos peligrosos químicos.
Según un nuevo estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), impulsado por La Caixa, la exposición prenatal a los disruptores endocrinos está asociada a una peor salud metabólica en la infancia, lo que a su vez aumenta el riesgo de sufrir síndrome metabólico en la edad adulta. El término «síndrome metabólico» abarca patologías como la obesidad abdominal, la hipertensión o la resistencia a la insulina que, en conjunto, incrementan las posibilidades de sufrir enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2.
El estudio de ISGlobal, recién publicado en la revista ‘Jama Network Open’, se une al manifiesto al ‘Futur sense tòxics’ firmado recientemente por hasta 70 personalidades del mundo médico. Este manifiesto advierte que las sustancias químicas y materiales presentes en productos de consumo, como alimentos, envases, utensilios de cocina, textiles, plásticos y artículos de limpieza e higiene, tienen un «impacto transgeneracional» en la salud de las personas. Los firmantes del manifiesto creen que detrás de muchos casos de enfermedades como la endometriosis, síndrome de ovario poliquístico, cáncer de ovarios y de páncreas, déficits de atención y obesidad se encuentran estas sustancias tóxicas derivadas del plástico.
Estudios anteriores ya habían demostrado una relación entre la exposición individual a algunos disruptores endocrinos durante la fase prenatal y algunos de los factores que componen el síndrome metabólico, sobre todo la obesidad y la presión arterial. En este caso, el equipo de investigadores se propuso evaluar el impacto combinado de este tipo de sustancias sobre todos los factores del síndrome metabólico. Para ello, el estudio contó con 1.134 mujeres junto con sus hijos e hijas de seis países europeos: España, Francia, Grecia, Lituania, Noruega y Reino Unido. A través de muestras de sangre y orina recogidas de las madres durante el embarazo o del cordón umbilical tras el parto, se analizó la exposición prenatal a un total de 45 disruptores endocrinos.
Cuando los niños y niñas tuvieron entre 6 y 11 años, se les realizó un seguimiento, que incluyó un examen clínico, una entrevista y una recogida de muestras biológicas. De esta manera, se obtuvieron datos relativos a la medida de la circunferencia de la cintura, la presión sanguínea o los niveles de colesterol, triglicéridos e insulina, que se agregaron para obtener un índice de riesgo de síndrome metabólico.
El estudio encontró que las mezclas de metales, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (o PFAS, presentes en pinturas, sartenes antiadherentes o envases de comida rápida), de pesticidas organoclorados y de retardantes de llama se asocian con un mayor índice de riesgo de síndrome metabólico. En el caso de los metales, la asociación observada se dio principalmente por el efecto del mercurio, cuya fuente principal es la ingesta de pescados de gran tamaño.
«También observamos que las asociaciones eran más fuertes en las niñas para las mezclas de PFAS y bifenilos policlorados, mientras que los niños eran más susceptibles a la exposición a parabenos. Puesto que los disruptores endocrinos interfieren con las hormonas esteroideas sexuales, estas diferencias entran dentro de lo que cabría esperar», explica Nuria Güil Oumrait, investigadora de ISGlobal y primera autora del estudio.
«Nuestros resultados sugieren que la exposición a mezclas generalizadas de disruptores endocrinos durante el embarazo puede estar asociada a una salud metabólica adversa en niños y niñas. Esta asociación puede contribuir al actual aumento de la prevalencia del síndrome metabólico a lo largo de la vida, que actualmente afecta a un cuarto de la población adulta, con tendencias al alza evidentes incluso entre los jóvenes», afirma Martine Vrijheid, codirectora del programa de Medio ambiente y salud a lo largo de la vida de ISGlobal y autora sénior del estudio.
