Nubes tropicales sobre el Océano Atlántico.

Si imaginamos el planeta como un ser vivo, podríamos argumentar que está enfermo. La enfermedad es el cambio climático, una patología cuyos síntomas han sido estudiados por la comunidad científica durante años. Recientemente, varios estudios han señalado una afección poco visible pero de extrema preocupación: el debilitamiento del sistema circulatorio global, es decir, las grandes corrientes oceánicas que regulan el clima terrestre. La creciente evidencia apunta a que la circulación del Océano Atlántico (AMOC) podría estar en camino hacia el colapso. Pero, ¿qué significa este fenómeno y qué implicaciones podría tener para el resto del planeta?

El «colapso» polariza a los expertos, algunos de los cuales argumentan que los modelos predictivos no son suficientemente sólidos todavía. Sin embargo, es crucial entender el posible colapso de la gran corriente oceánica del Atlántico, cuándo podría suceder y, sobre todo, sus implicaciones para el resto del planeta.

Las corrientes oceánicas actúan como reguladores climáticos, transportando grandes flujos de agua caliente y fría de un extremo a otro del mundo. Estos sistemas afectan la formación del hielo marino en el Ártico, la cantidad de humedad en la atmósfera y la formación de sistemas atmosféricos en varias regiones del planeta. En consecuencia, tienen un papel crucial en la frecuencia e intensidad de las precipitaciones en áreas como España y los territorios mediterráneos.

Sin embargo, la crisis climática y sus impactos están alterando cada vez más el funcionamiento de estas arterias oceánicas. El calentamiento global, por ejemplo, está provocando el deshielo de los polos, que a su vez está inyectando agua dulce en la corriente del Atlántico Norte. Esto diluye los niveles normales de salinidad del agua, altera la densidad del agua superficial y afecta al funcionamiento normal de esta corriente. También se han observado alteraciones derivadas de los cambios en los patrones de viento, el inusual calor de las aguas y el impacto de eventos climáticos como El Niño y La Niña. Todos estos fenómenos tienen su origen en la emisión descontrolada de gases de efecto invernadero y el calentamiento global.

La comunidad científica lleva años advirtiendo sobre el mal estado de salud de la gran corriente del Atlántico. Ya en 2018 se afirmó que este sistema se estaba debilitando. En 2020, el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) afirmó que este sistema se había ralentizado en las últimas décadas. En 2023, un estudio sugirió que esta corriente podría colapsar en las próximas décadas. Y recientemente, otra investigación indicó que podríamos estar ante un «colapso inminente» de esta arteria oceánica.

Un estudio de la Universidad de Dinamarca liderado por Susanne Ditlevsen sugiere que, si la situación actual continúa, la corriente oceánica del Atlántico podría colapsar en 2057. Un modelo climático de la Universidad de Utrecht estima, por su parte, que el punto de colapso podría alcanzarse en los próximos cien años. En contraste, la última gran revisión del IPCC sostiene que, aunque existen señales claras de debilitamiento de esta corriente, parece «muy improbable» que colapse a lo largo del siglo XXI. Esta postura también ha sido respaldada por la Oficina Metereológica del Reino Unido.

A pesar de las diversas opiniones y pronósticos, lo que está claro es que la salud del planeta está en juego, y las corrientes oceánicas desempeñan un papel vital en el delicado equilibrio del clima terrestre. Es imperativo que continuemos estudiando y comprendiendo estos sistemas, y que tomemos medidas para mitigar la crisis climática y proteger nuestro frágil hogar.