Así se creó el equipo de refugiadas: del acoso al colectivo LGTBI en Rusia a los matrimonios forzosos de Pakistán

Nada puede borrar las sonrisas de los rostros de estas mujeres mientras corren detrás de un balón. Ellas forman parte del colectivo LGTBI y son refugiadas, solicitantes de asilo, y amantes del fútbol. Ellas son las jugadoras de un equipo de fútbol para refugiadas llamado Ramassà, un proyecto de fútbol femenino inclusivo que fue lanzado en 2021.

Victoria, una de las jugadoras, tuvo que huir de Rusia por formar parte del colectivo LGTBI, mientras que su compañera de equipo, Asma, escapó de un matrimonio forzado en Pakistán. Ambas mujeres, junto con otras 29 de diversas edades y orígenes, entrenan cada lunes y juegan un partido una vez al mes.

La mayoría de estas mujeres son madres, y el club se asegura de que sus hijos estén cuidados durante los entrenamientos. Yadira, otra jugadora del equipo, expresa sus sentimientos hacia el deporte diciendo que el fútbol lo es todo para ella. Es su refugio de cualquier problema, un lugar donde puede olvidar las dificultades de la vida mientras su hija Isabella juega con un balón.

El Ramassà se originó en las Franqueses del Vallès, y ha evolucionado de ser un simple equipo de fútbol a una ONG desde 2014. Marc Larripa, responsable del área social de la entidad y coordinador del proyecto, comenta que descubrieron el impacto social positivo que puede tener el fútbol durante una serie de viajes solidarios a países africanos. Desde entonces, han integrado el fútbol en su entidad.

El proyecto no solo busca la integración de las participantes, sino que también las ayuda a crear nuevas relaciones socioafectivas. Larripa subraya que el fútbol sirve como una vía de desconexión para estas mujeres, ya que la mayoría de ellas están en el proceso de solicitar asilo o buscando trabajo, lo cual es un proceso largo y duro.

A pesar de que la mayoría de las jugadoras nunca habían jugado a fútbol antes, el equipo no tiene como objetivo la competición. En cambio, el fútbol les proporciona una plataforma para hacer amigos y comenzar una vida nueva. Victoria, que sigue esperando una respuesta a su solicitud de asilo, cree que el fútbol la ayudó a hacer amigos y iniciar una nueva vida después de mudarse a Barcelona hace un año.

Asma, por otro lado, nunca había jugado al fútbol antes de unirse al equipo. La ex trabajadora social de Pakistán, que ahora tiene un máster en Relaciones Internacionales de la UAB, siente que el fútbol la salvó de una crisis de ansiedad. Asma dice que el Ramassà es como su familia y que seguirá jugando siempre, ya que sin el fútbol, teme que pueda enfermar de nuevo.

El proyecto Ramassà no solo ayuda a estas mujeres en el campo de fútbol, sino también en su proceso formativo y de inserción laboral en Catalunya. Larripa explica que la entrenadora del equipo, que es una integradora social, ofrece acompañamiento a todas las participantes durante la semana, buscando cursos y formaciones y empresas que puedan ofrecerles trabajo.

Kely, una jugadora originaria de Honduras que jugó con la selección juvenil de su país, dice que el fútbol significa felicidad para ella. Al igual que sus compañeras de equipo, ella también encuentra en el fútbol una forma de desconectarse de la realidad y liberarse del caos que trae de su país.

El equipo de fútbol Ramassà es más que solo un equipo. Es un refugio para estas mujeres, un lugar donde pueden liberarse de sus problemas y disfrutar. Cuando las nuevas integrantes se unen al equipo, inicialmente pueden sentirse cohibidas, pero con el tiempo, las barreras tanto de idioma como culturales comienzan a desaparecer. Al final de cada partido, las jugadoras forman un gran corro, levantan los brazos y ríen. En ese momento, el balón es su refugio.