La industria de la moda, especialmente las grandes empresas textiles occidentales, está a menudo en el punto de mira por su contribución a la crisis medioambiental. Su ‘comprar-tirar-comprar-tirar’ promueve una cultura de consumo insostenible. Este sector es un gran consumidor de agua, generador de microplásticos y emisor de CO2. Un ejemplo destacado de este modelo es la empresa china Shein, que se ha convertido en el campeón mundial del fast-fashion.
Shein no es simplemente una empresa de fast-fashion, sino de ultrafast-fashion. Su modelo de negocio se basa en lanzar al mercado nuevos modelos de ropa a una velocidad mucho mayor que la de otras cadenas. Mientras que una marca de moda tradicional tarda tres meses en poner a la venta un modelo desde su planificación, Shein ha reducido este proceso a tan solo tres o siete días. Esta velocidad de producción y venta provoca un constante frenesí comprador con consecuencias devastadoras para el medio ambiente.
Un informe de Greenpeace reveló el uso de productos tóxicos en las prendas de Shein. De 47 productos analizados, siete contenían sustancias químicas peligrosas que superaban los límites reglamentarios de la UE, y cinco de ellos los superaban en un 100% o más. Además, 15 productos contenían sustancias químicas peligrosas en niveles preocupantes, incluyendo níquel en botas, formaldehído en un vestido para menores, níquel también en una cazadora y cromo en otros productos.
Pero los problemas de Shein no se limitan al medio ambiente. Un reportaje del canal de televisión británico Channel 4 reveló las condiciones laborales de los trabajadores de la empresa en Guangzhou, China. Las jornadas laborales de 18 horas al día, un solo día de descanso al mes y un salario exiguo, pero que depende del número de prendas que elaboren, son solo algunas de las condiciones que enfrentan los trabajadores.
Shein, valorada en 92.000 millones de euros según Bloomberg, vende por internet a más de 150 países del mundo. Sin embargo, no es la única empresa que opera de esta manera. Según Celia Ojeda, doctora en Biología por la Universidad de Alicante y licenciada en Ciencias Ambientales, hay muchas empresas similares en Asia, y también en Europa, que aprovechan los bajos salarios y costes de producción en países como China, India y Bangladesh para fabricar las prendas que luego se venden en Madrid, Barcelona, París o Londres.
En respuesta a las críticas, los directivos de Shein han asegurado que la empresa tiene un código de conducta para garantizar el cumplimiento de las normativas medioambientales y laborales. También prometen que están invirtiendo en mejorar sus instalaciones e infraestructuras y que tienen planes para reducir su impacto ambiental. Sin embargo, queda por ver si estas promesas se traducirán en cambios reales y significativos en la forma en que la empresa opera y contribuye a la crisis medioambiental y a las violaciones de los derechos laborales.
A pesar de las promesas de mejora, las prácticas de Shein y otras empresas similares plantean preguntas importantes sobre la sostenibilidad de la industria de la moda y la necesidad de un cambio hacia un modelo de negocio más ético y sostenible.
