La base sobre la que está construyéndose el crecimiento tiene unos pilares débiles

La economía europea ha atravesado un camino sinuoso desde la Declaración de Schuman hace más de 60 años, marcado por hitos importantes y desafíos notables. La Comunidad Europea del Carbón y el Acero estableció la base para la federación de Europa, un periodo de democracia y prosperidad nunca antes visto. Las fronteras se abrieron, la libertad de movimiento de personas y capitales se estableció, y se realizó una serie de medidas que reforzaron la unidad y culminaron con la creación de la moneda única.

No obstante, las ventajas de la moneda única también vinieron acompañadas de una serie de limitaciones, especialmente considerando que Europa no está fiscalmente integrada. La crisis económica que estalló en 2007 puso de manifiesto estas limitaciones, afectando de manera diferenciada a cada país miembro. Irlanda, Portugal, Grecia y España sufrieron recaídas significativas a partir de 2009, cada uno con su particular comportamiento idiosincrático.

El camino hacia la recuperación económica fue liderado por Alemania, con Angela Merkel a la cabeza. Sin embargo, este camino no estuvo exento de importantes recortes en el Estado de Bienestar. En medio de este escenario, España se convirtió en uno de los países más afectados por la crisis. La apuesta por el crecimiento basado en la construcción residencial y una regulación laxa condujo a un colapso con graves consecuencias económicas y sociales.

Las últimas previsiones de la Comisión Europea y de la OCDE permiten hablar ya de una década perdida para España, marcada por altas tasas de desempleo y una creciente brecha de desigualdad. Con un mercado laboral enfermo, un alto desempleo estructural y un modelo productivo dominado por pequeñas empresas, el país necesita reflexionar sobre su futuro. Lejos de ser los campeones del crecimiento, España ha sido uno de los países que menos ha avanzado en los últimos cinco años.

La razón de esta situación es compleja pero puede resumirse en una frase: nuestras métricas de crecimiento, basadas en el consumo privado y en los sectores productivos clásicos, no son capaces de generar el empleo que necesitamos. Los pilares sobre los que se construye el crecimiento económico son frágiles. Los bajos precios del petróleo y el programa de compra de activos del Banco Central Europeo no tendrán efectos ilimitados en el tiempo.

La crisis de los países emergentes, especialmente China, ya está comenzando a afectar al sector exterior. Esta situación nos obliga a depender del incremento de la demanda interna, mientras carecemos de inversión suficiente en estructuras económicas y productivas capaces de responder a los retos futuros.

La experiencia de estos años nos lleva a pensar en la necesidad de un gobierno de los “Estados Unidos de Europa”, con un enfoque federal. Este gobierno tendría que cambiar su rumbo en aspectos tan importantes como los ideales comunes de justicia distributiva y asumir mayores competencias de ingresos y gastos públicos. Necesitamos una unión fiscal, además de la monetaria, que culmine en una verdadera unión política.