La obesidad, una enfermedad crónica con múltiples consecuencias
La obesidad afecta al 17% de la población y se relaciona con cerca de 200 patologías. Rosa Gómez Osorio, madrileña de 62 años, llegó a pesar 140 kilos y sufrió varias enfermedades asociadas a esta condición.
En 2017, cuenta, había perdido toda esperanza. «Pasé dos años encerrada en mi casa. Solo fumaba, comía, engordaba y esperaba a morirme», recuerda. Al acostarse le faltaba el aire y se ahogaba, por lo que dormía sentada en un sillón. El resto del día permanecía en la cocina, con los brazos apoyados en la mesa y sujetándose la cabeza, hasta el punto de que le salieron callos en los codos.
Del embarazo a una escalada de problemas de salud
Rosa asegura que de niña era delgada y que su madre tenía que insistirle para que comiera. A los 22 años, durante su embarazo, aumentó 20 kilos y pasó de 60 a 80. No volvió a perder ese peso, aunque entonces todavía no padecía problemas de salud.
Las complicaciones comenzaron al superar los 90 kilos, coincidiendo con su traslado junto a su marido desde Madrid a un pueblo de treinta habitantes de Guadalajara. Empezó a tener dificultades para respirar y fuertes dolores de rodillas, incluso cuando estaba sentada.
Con el incremento continuado de peso tuvo que dejar de conducir porque el abdomen le impedía acercarse al volante. Además, desarrolló cataratas, que le provocaron ceguera en un ojo y un 30% de visión en el otro; sufría asma, bronquitis crónica e hipertensión. También fue intervenida por un quiste en los ovarios. En el hospital le explicaron que las patologías que no había padecido antes estaban vinculadas a la obesidad.
Los médicos le entregaban dietas de 1.200 kilocalorías diarias, pero no lograba mantenerlas. «Mi hambre era emocional», explica. Compraba dos barras de pan y se las comía sin acompañamiento; cuando preparaba lentejas, añadía mucha grasa. «Cuanto más comía, más hambre tenía».
«Mañana voy a por ti»
Su situación llegó a tal extremo que dejó de salir de casa. No podía ni bajar a tirar la basura porque el esfuerzo de ponerse el abrigo le provocaba ahogo. La depresión la llevó a retirar todos los espejos, a evitar a la gente y a rechazar las visitas a Urgencias que le proponía su marido.
En las Navidades de 2017 no acudió a las reuniones familiares y envió un mensaje que sus allegados interpretaron como una despedida. Una de sus hermanas, alarmada tras hacerle una videollamada y ver su estado, le dijo: «Mañana voy a por ti».
Rosa acudió con ella al hospital y fue atendida por especialistas como neumólogo, nefrólogo y ginecólogo. Finalmente, entró en lista de espera para una cirugía bariátrica. La operaron en 2019, después de bajar hasta los 120 kilos. Tras la intervención perdió otros 20 y se situó en torno a los 100 kilos, una cifra que anhelaba rebajar hasta los 99.
La pandemia y el acceso a los tratamientos GLP-1
La pandemia interrumpió sus revisiones y recuperó diez kilos en poco tiempo. Posteriormente los perdió cuando le prescribieron Ozempic, aunque solo pudo utilizarlo durante tres meses debido al desabastecimiento. Sin el tratamiento, volvió a ganar peso y la depresión se agravó.
El cambio llegó tras una invitación a un congreso sobre obesidad celebrado en Málaga. La fotógrafa Gisela Pretel le había realizado unas imágenes para una exposición y Rosa fue invitada al encuentro. Allí, la doctora Cristina Pettrati se interesó por su situación al conocer que no podía acceder a Ozempic por falta de existencias en las farmacias.
El coste del tratamiento
La doctora la derivó a terapia, le indicó ejercicios —pesas, sentadillas y subir escaleras— y le prescribió medicamentos GLP-1. Rosa llama a este gasto «la letra del Ozempic» por su coste mensual.
Comenzó con Ozempic, que costaba 120 euros, y actualmente utiliza Wegovy. Este medicamento llegó a costar 270 euros al mes y después bajó a 224 euros. Se lo inyecta una vez a la semana en el abdomen y los muslos, aunque intenta que la dosis prevista para un mes le dure un mes y medio para poder afrontarla económicamente.
Una mejoría física y emocional progresiva
Tras un año de tratamiento, Rosa pesa 98 kilos. Su médica se ha fijado como meta los 90 kilos, aunque ella quisiera alcanzar los 80. Más allá de la cifra, destaca los cambios que ya percibe: respira bien, las rodillas han dejado de dolerle y su tensión ha mejorado, aunque continúa medicada.
También ha reducido a la mitad la medicación para la depresión y espera dejar pronto el tratamiento contra el colesterol. La psicóloga le ha dado el alta después de que comprendiera que el hambre que sentía era, en realidad, ansiedad.
Ahora puede comer dos muslos de pollo preparados en freidora de aire y sentirse saciada, frente a los ocho que consumía antes sin que le bastaran, incluso acompañados de una barra de pan. La báscula y su estado de ánimo le confirman el avance: «Estoy feliz», afirma.
