El Giro de Italia arrancó con una masiva participación de espectadores que casi impiden el paso de los ciclistas en la Maddalena y la rampa de San Vito, dos cotas que recuerdan al estilo de la Vuelta a España y que la carrera italiana ha incluido en su primer desafío. En la segunda de estas cuestas, con un asfalto rugoso y una carretera estrecha, se destacó inevitablemente el esloveno Tadej Pogacar, un ciclista que siempre es esperado por su explosividad temprana.
En esta etapa se destacó un trío de corredores que, sin embargo, tuvieron que enfrentar el habitual veredicto de la carrera: no lograron mantenerse más de medio kilómetro tras la rueda del fenómeno esloveno. Pero hubo una excepción notable: el ecuatoriano Jhonatan Narváez, que demostró una resistencia excepcional.
El esfuerzo de Pogacar no parecía tan violento como en otras ocasiones. Quedaban aún 20 días de carrera y las energías no son eternas en un evento de cuatro fines de semana. Sin embargo, Narváez no se dejó vencer en el tramo ascendente, ni en el descenso, demostrando ser una roca al pegarse al mejor corredor del mundo.
Durante la rápida bajada hasta el centro de Turín, Pogacar confió demasiado en su capacidad de superhombre, en su habilidad para mover wattios, atacar en cualquier montaña, marcharse solo o conquistar un sprint con su fuerza descomunal. Pero Narváez, nacido a 3.000 metros de altura en Ecuador y criado con oxígeno enriquecido, demostró ser un ciclista versátil y no el típico escalador.
El ataque de Pogacar descolocó a varios elementos de nivel en la primera etapa, como el neerlandés Arensmann, llamado a cubrir el hueco de la tradición en los Países Bajos, y al veterano francés Romain Bardet, que fue podio en el Tour.
Con un efecto aspiradora, Pogacar succionó a todos los escapados que aún permanecían vivos, con Calmejane a la cabeza. Acabó con todos, menos con uno: Narváez. A pesar de no poder soltarlo, llegó por detrás el alemán Schachman, otro candidato a la victoria debido a su velocidad.
Pogacar lo hizo todo. Tiró como un demonio, se tragó el aire y también lanzó el sprint. Pero Narváez, astuto como un demonio, solo emergió en los últimos 200 metros. Salió al frente, empujó con potencia y se impuso a Pogacar y a Schachman para vestir en su espalda la primera maglia rosa del Giro de Italia. Esta victoria temprana pone a Narváez en una excelente posición mientras la carrera continúa y los desafíos se intensifican.
