Manuel Delgado: «Las calles resisten frente a quienes pretenden controlar las ciudades»

La coincidencia entre la publicación de Todas las ciudades están poseídas, el nuevo libro de Manuel Delgado, y la acampada de Sol no fue buscada, pero sirve para ilustrar buena parte de sus reflexiones. El catedrático emérito de Antropología Religiosa y Antropología Urbana de la Universidad de Barcelona analiza en esta obra, editada por Capitán Swing, el espacio urbano como un ámbito que, en su opinión, «se niega a la celestialidad».

Delgado (Barcelona, 1956) recurre a ciudades como Babel, Sodoma, Gomorra, Nínive o la Roma imperial, descritas como «la gran ramera» e «ingobernables», para establecer un vínculo con las grandes urbes actuales. El antropólogo reivindica el conflicto como un elemento que cohesiona y como materia prima de la ciudad, de la sociedad y de cada persona. «Desear una ciudad en la que no existan conflictos sería un error», sostiene.

La ciudad frente a los intentos de control

El académico critica a quienes diseñan las grandes capitales desde una lógica capitalista, concibiéndolas como espacios de consumo sin garantizar las condiciones básicas para quienes desean vivir en ellas. A su juicio, muchos urbanistas parecen decididos a «asesinar» las ciudades, aunque las calles conservan una capacidad de resistencia ante esos intentos.

«Muchos urbanistas parecen empeñados en asesinar a las ciudades, pero como vemos en Sol, siempre nos quedarán las calles, que se resisten a los intentos de asesinato», afirma. Delgado menciona los casos de Haussmann en París y Sardá en Barcelona como ejemplos de intervenciones cuyo objetivo era controlar la ciudad. Sin embargo, considera que la vida urbana termina desbordando esa planificación: «La calle te la lía porque no se puede evitar. Es la sociedad urbana, es la vida, que no puede morir».

Para Delgado, la acción colectiva constituye uno de los rasgos esenciales de las ciudades. Las movilizaciones por la vivienda son un ejemplo reciente, aunque sitúa estos fenómenos junto a celebraciones como una fiesta mayor o una procesión de Semana Santa. En esas situaciones se forman concentraciones de personas desconocidas entre sí que comparten actuaciones y se apropian colectivamente del espacio urbano.

El antropólogo compara la lógica de Sol con la de un acto religioso, por la combinación de ritualización e improvisación de una inteligencia colectiva. Según explica, se trata de una conexión «sin hilos» que hace que muchas personas actúen de la misma manera.

Gentrificación, vivienda y espacios sin ciudadanos

Delgado define la ciudad como «la vida cotidiana, una máquina constantemente activada en que ocurren cosas, pequeños y grandes acontecimientos, que está en agitación, que no se detiene nunca». En ese contexto, atribuye a los urbanistas la responsabilidad de problemas como la gentrificación, la turistificación, los precios inasumibles de la vivienda y los desahucios.

A su entender, estos profesionales trabajan a partir de un sueño o una «alucinación» que les lleva a proyectar ciudades perfectas en las que no harían falta ciudadanos. Como ejemplo irónico, señala que los libros dedicados a los mejores espacios públicos suelen mostrar lugares vacíos o, a lo sumo, una mujer paseando un carrito de niño para transmitir una imagen más amable.

El ejemplo de Bilbao

Las posiciones de Delgado también cuestionan la transformación de Bilbao, citada habitualmente como un modelo de éxito. El antropólogo apunta que los propietarios pueden valorar que sus viviendas hayan aumentado de precio ante una eventual venta, y que sus hijos también pueden beneficiarse si reciben esos inmuebles en herencia.

No obstante, advierte de que esa revalorización puede ir acompañada de exclusión. En su planteamiento, la llegada de personas de piel oscura puede devaluar una vivienda pese a la calidad urbanística del entorno. Por otro lado, remarca que quienes necesiten pagar un alquiler encontrarán un espacio prohibitivo, entre ellos familiares, amigos, vecinos o hijos que no hereden.

Delgado aclara que no se opone a las reformas que mejoran el entorno, pero cuestiona que se hagan a costa de expulsar a residentes o de impedir que determinados grupos sociales puedan vivir allí. «De lo que me quejo es de que me echen de mi barrio, de que no pueda vivir en él», resume.

El pensador rechaza además los «decorados que tratan de ocultar la pobreza» con el fin de vender, en un contexto en el que, dice, todo queda sometido a la ley de la oferta y la demanda. Incluso pronostica que, con el paso de los años, las guías turísticas de Madrid podrían invitar a conocer Sol como el lugar donde descubrir el «Madrid rebelde».