Una huerta compartida entre Murcia y Alicante

El trasvase Tajo-Segura continúa en su sitio. No hace falta comprobarlo. Lo que necesito verificar es algo mucho más pequeño, aunque quizá tenga una importancia mayor.

Crecí en Orihuela, pero mis raíces están en la huerta, en Correntías Medias. Al final, toda la huerta es la misma: Alicante y Murcia comparten veredas, rincones y lluvias torrenciales. Los libros de Conocimiento del Medio lo repetían cada curso: clima seco y lluvias torrenciales en otoño. Y después, a otra cosa.

El agua siempre ha sido importante, o al menos lo es cuando los políticos o los medios deciden que debe serlo. Por eso, casi como una frontera entre Murcia y Alicante, el trasvase atravesaba la huerta.

Agua, tierra y resistencia

La gente de la huerta es resiliente. Hace unos años se habría dicho que eran duros como las piedras, pero ahora se dice resilientes. Hay casas vacías que no han encontrado nuevos habitantes y servicios tan distantes que vivir sin coche se convierte en una actividad de riesgo, o al menos en una dedicación excesiva.

La huerta del Segura, pertenezca a la provincia que pertenezca, es sinuosa y árabe; una cantina del salvaje oeste en la que los parroquianos saben, nada más entrar alguien, si es de los suyos o no.

La vejez ya no es un lugar rodeado de nietos. Es una casa húmeda, visitas ocasionales, problemas, rabias y paseos por caminos en los que cada vez se encuentra a menos gente.

El agua discurre desde las arquetas abiertas hasta los limoneros y riega la tierra. Llega tras un recorrido de oscuridad y cemento desde el trasvase, y volverá al mar por los reguerones que atraviesan maratones de cañas liseras y ratones coloraos. Es agua escasa para fregar los platos y para criar frutos secos y fuertes: jínjoles, agrillos y nísperos a los que llaman aguacates.

El museo cambiante de los tubos

También está el camino en bicicleta. Desde Arneva hacia la carretera de Beniel, el trasvase da sombra y sus soportes ofrecen espacios limpios, lienzos en blanco de cemento y metal. Seguramente ya no se construye nada así.

Sobre aquellos paneles grisáceos pasaban en los años noventa el rapero atrevido y el abuelo que pedaleaba. Uno buscaba con ansia un espacio para expresarse; el otro apenas reparaba en aquellos garabatos.

Allí estaba. Y debo comprobar si todavía sigue.

La colección de pintadas, dibujos, composiciones y tachas que forman esos tubos es un museo mutante, ajeno a los tiempos y a las razones. Una alcachofa gigante puede permanecer unos años y luego dejar paso a un logo de la Central. Sin aviso, puede transformarse en un escudo del Orihuela Deportiva o en el rostro de una amada deformado por la rapidez de quien lo ejecutó. La policía puede tocar el claxon desde el coche y obligarte a correr sin haber firmado tu obra de arte o tu declaración de amor.

Mientras tanto, las bicicletas herrumbrosas de los abuelos, cargadas de capazos o fesetas, pasan sin que nadie levante la mirada.

De las juntas mal cerradas de los enormes tubos del trasvase se escapan a veces millones de litros de agua sobre las pintadas. No consiguen borrar, sin embargo, aquella que siempre busco al pasar en coche, cada vez con menos frecuencia, camino de una Murcia que fue siempre de amores y canciones desde una Orihuela de misas y escuelas.

Una palabra sin contexto

A veces, una pintada basta para entender quiénes somos. En ocasiones, una frase mal hecha, escrita sin forma ni acuerdo, se convierte en un mantra que uno lleva dentro y que reaparece más veces de las deseadas.

Miro mi piano y pienso en mi oficio. Miro a mis amigos y pienso en sus hijos. Veo a los abuelos en bicicleta bajo los tubos del trasvase y pienso en sus soledades.

Mañana, antes de ir a comer con mi madre por su cumpleaños, prometo que lo primero que haré será comprobar si la pintada continúa allí.

Es una pintada grande y absurda, como la vida. Está escrita en negro, en alto. Alguien decidió un día que era importante dejarla a la vista de todos los que cruzaran bajo los tubos del trasvase: huertanos, viajeros, labradores o músicos.

Es una palabra directa, casi imperativa, que siempre busco y que aparece en los momentos extraños:

ÁNIMO

Nada más. Sin contexto ni motivo. En la pared húmeda de los tubos que sobrevuelan la huerta compartida por Murcia y Alicante. Para todos, para quien lo necesite, para el día en que no la encuentres o nadie te la diga.

Ojalá continúe allí. Mañana lo diré. Que sobreviva a las modas y al tiempo, realizando en silencio su magnífico trabajo.

ÁNIMO.