Brasil celebra este domingo una elección decisiva en la que 159 millones de votantes pueden determinar quién dirigirá el país durante la próxima legislatura. La disputa enfrenta a Lula Inazio da, líder del Partido de los Trabajadores, y a Flávio Bolsonaro, candidato del derechista Partido Liberal.
Dos proyectos enfrentados para el futuro de Brasil
Los electores deben escoger entre preservar el legado izquierdista atribuido al último Gobierno de Lula, basado en la protección social, la mejora de los salarios, el soberanismo y la defensa de la Amazonia, o respaldar al bolsonarismo. Este último plantea la defensa de la familia y la religión, junto con medidas para reforzar la seguridad y la economía en un país afectado por la inflación y por una criminalidad situada entre las más graves del mundo.
Los sondeos dibujan los comicios más reñidos de la historia reciente brasileña. Flávio Bolsonaro parte con una estimación del 50,5% de los votos, frente al 49,5% de Lula, una diferencia inferior al margen de error de la propia encuesta.
Desde la primera vuelta, el presidente ha tratado de atraer a los indecisos y a quienes no acudieron a votar hace tres semanas. La abstención del 4 de octubre fue del 21,08%, equivalente a 33 millones de electores, un volumen suficiente para inclinar el resultado. En aquella primera ronda, la distancia entre ambos aspirantes fue de solo 2,2 millones de papeletas.
La campaña de Flávio Bolsonaro
El dirigente conservador ha concentrado su campaña en las demandas del sector más descontento de la población, en una intensa estrategia en redes sociales y en la formación de un bloque conservador unido. Abogado evangélico de 45 años y conocido como «el Bolsonaro moderado», se dirige a los patriotas, a los partidarios de endurecer la lucha contra los clanes criminales, de la venta libre de armas como mecanismo de autodefensa y de los recortes en subsidios y programas públicos.
Aunque durante los primeros años del mandato de Lula Brasil registró un desempleo mínimo y un crecimiento superior al 2%, el deterioro de la situación microeconómica y la subida de precios han favorecido el relato del Partido Liberal.
En el último debate de campaña, celebrado el viernes, Flávio prometió devolver a los ciudadanos el «poder adquisitivo de la compra» y acabar con la reducción del tamaño de los productos manteniendo o elevando su precio. Como ejemplo, citó paquetes de chocolate que pasaron de 120 a 80 gramos y rollos de papel higiénico reducidos de 40 a 20 metros. También reprochó a Lula que no recordara la última vez que fue a un supermercado.
Lula respondió calificando sus palabras de «bobadas» y acusó a su rival de «lamerle las botas» al presidente estadounidense, Donald Trump. El debate derivó en un duro intercambio de acusaciones. Flávio aludió a los «nueve dedos» del mandatario, consecuencia de un antiguo accidente cuando trabajaba como metalúrgico. Lula replicó que no permitiría que un miliciano le llamara así y sostuvo que su adversario nunca había trabajado y que su primer empleo fue falso.
Apoyos conservadores
La izquierda presenta a Flávio como un privilegiado que nunca ha trabajado y que pretende indultar a su padre si vence en las elecciones. El candidato hereda la influencia de Jair Bolsonaro, condenado y antiguo jefe político de la autocracia burguesa brasileña, aunque su respaldo excede al entorno familiar.
Para la segunda vuelta ha logrado el apoyo de Republicanos, Novo y la Federación União Progressista. Esta última coalición conservadora formó parte del Gobierno de Lula hasta septiembre de 2025. En la primera vuelta de octubre dejó libertad de voto a sus cargos y afiliados, pero para la cita definitiva ha ordenado respaldar a Flávio Bolsonaro.
Una movilización electoral clave
La campaña ha estado marcada por bulos, acusaciones de corrupción o inacción y una elevada confrontación política. Sin embargo, la participación ciudadana se prevé intensa y los dos candidatos deberán disputar cada voto. Se espera una reducción de la abstención, a la que se sumarán los 900.000 votos emitidos en el exterior.
São Paulo, con el 21,5% del censo, es el mayor colegio electoral del país. Le siguen Minas Gerais, con el 10,3%; Río de Janeiro, con el 8%; y Bahía, con el 7%. Estos cuatro estados serán los principales puntos de referencia durante el recuento.
Desde la apertura de los centros de votación a las ocho de la mañana, hora local, la sensación es que el país es consciente de que se juega un porvenir determinante para su sociedad y para su posición internacional durante las próximas décadas.
Repercusiones internacionales
La comunidad internacional sigue con atención la votación en el quinto país más grande del mundo. Una victoria de Lula mantendría a Brasil como uno de los últimos referentes de la izquierda internacional, especialmente en una América Latina que, elección tras elección, se desplaza hacia la derecha. Brasil seguiría siendo un aliado relevante para México y Uruguay.
Estados Unidos ya ha señalado que se convertiría en el gran socio de Brasil si gana Bolsonaro, que tendría como vecino al ultraderechista argentino Javier Milei, amigo de su padre. Milei entró en el debate político del viernes, cuando Lula preguntó a Flávio si pediría su «motosierra» para aplicar recortes a los presupuestos sociales brasileños. Bolsonaro respondió que la izquierda gobernó durante veinte años, destruyó Argentina y dejó Brasil quebrado.
La perspectiva de la Unión Europea
La Unión Europea afronta también una larga noche electoral. Bruselas asume que deberá conservar su relación con la décima potencia económica mundial sin importar el ganador, aunque contempla cambios en las prioridades medioambientales, energéticas y comerciales.
La cuestión es especialmente sensible porque la UE y Mercosur firmaron en mayo un acuerdo provisional para eliminar o rebajar aranceles relevantes a las exportaciones. El pacto todavía necesita más de un año para su ratificación definitiva y podría verse afectado por cambios políticos profundos.
Varios eurodiputados han expresado su preocupación por que un triunfo de Flávio implique recortes de derechos sociales y personales y convierta, a medio plazo, el territorio brasileño en una fuente de inestabilidad. En ese temor pesa la figura de Jair Bolsonaro y el intento golpista de 2023 para recuperar el país y asesinar al presidente «con balas o veneno», así como la posibilidad de un eje formado por Trump, Bolsonaro y Milei.
