Rammstein desata una tormenta de fuego y metal en Barcelona
Barcelona fue testigo de un espectáculo de luz, fuego y destrucción, cortesía de la banda de metal teutona, Rammstein. Un espectáculo que mezcló metal con un aparato escenográfico abundante, cabaret postindustrial y una fascinación casi enfermiza por las llamaradas. Algunos espectadores desearon haber estado al mismo tiempo en la otra punta de Barcelona para poder ver cómo la montaña Montjuïc escupía fuego y braseaba un poco más la capa de ozono.
A pesar de la lluvia torrencial que cayó durante toda la tarde, la banda resistió sobre el escenario imperturbable, generando una tormenta propia con los ritmos de batería esculpidos en granito y los ‘riffs’ martillados por Odín. La única tormenta que importó fue la que desató Rammstein sobre el escenario.
Aunque el cielo descargaba agua sin cesar, los alemanes trajeron consigo el fuego, la leña y la gasolina, ingredientes de una fórmula mágica de atropello. El libro secreto del metal de estadios fue revelado. Till Lindemann, el cantante, se convirtió en un maestro de ceremonias transiberiano, con el público cantando aquello de «Hier kommt die Sonne, das alte Leid», convirtiendo el infierno del metal en un paraíso para las 52.000 personas que llenaban el Estadio Olímpico de Barcelona.
El espectáculo pesadillesco de Rammstein
El escenario parecía sacado de una pesadilla apocalíptica, construido con pedazos de brutalismo industrial y fantasías de George Miller. Bandera rojo sangre con el logo de la banda, densa humareda negra y canciones como ’Keine Lust’ y ’Sehnsucht’ aplastando al público. El espectáculo no mostró clemencia con la interpretación de ’Ausche zu Asche’.
La banda llegó literalmente del cielo, descendiendo de la punta más alta de la estructura en un ascensor al ritmo de Handel. En 2019, ya habían carbonizado el estadio del Espanyol en Cornellà, con capacidad para 35.000 personas, pero este martes regresaron a lo grande para inaugurar la temporada de conciertos del Estadio Olímpico con su aquelarre de metal inflamado y furia industrial.
El carrito de bebé en llamas de la macabra ‘Puppe’ y el fantasmal baile sintético de la remezcla de ‘Deutschland’, puro Kraftwerk con anabolizantes, dieron un ligero respiro tras una primera hora de traca y bulldozer.
La banda tocó ‘Engel’ en versión esencial en los bises: sólo piano y los músicos navegando entre el público a bordo de tres lanchas inflables. Momento involuntariamente cómico de la noche, demasiado mundano y minúsculo comparado con el mastodonte que se traía hasta entonces la banda entre manos.
De vuelta al escenario principal, la tormenta volvió a hacer de las suyas con ‘Ausländer’; el estadio se tiñó de verde alienígena con ‘Du riechst so gut’ y los músicos soltaron chispas. Al frente, Lindemann subido a un cañón descomunal y disparando algo (¿espuma? ¿confeti?) a las primeras filas.
Para cerrar, la traca. Toda la carne, con perdón, en el asador: pantomima operística, fuego a paletadas. Un lanzallamas por aquí, un cantante escupiendo fuego por la espalda por allá. ‘Ich will’, ‘Rammstein’ y ‘Adieu’. Pan, circo y ‘riffs’ como manos de pelotari vasco. Si esto no es cómo se debe quedar uno después de que le pase una hormigonera por encima, poco le debe faltar.
