La Gaza anterior al 7 de octubre de 2023 ha dejado de existir. Los bombardeos masivos de Israel han devastado la Franja, cuyo territorio está ocupado en torno a un 60% por el ejército israelí. Según datos de Naciones Unidas, el 82% de las estructuras gazatíes ha sufrido daños; más de 350.000 viviendas han quedado destruidas o deterioradas y se han acumulado cerca de 68 millones de toneladas de escombros.

La destrucción también ha alcanzado a un patrimonio milenario. La UNESCO ha confirmado daños en 164 lugares culturales. Mientras Israel impide la entrada de la prensa internacional para observar directamente la situación, la justicia internacional examina una acusación de genocidio.

Una Franja con siglos de historia

La labor periodística en Gaza solía coincidir con períodos de tensión y enfrentamientos armados. Sin embargo, en los días libres aún era posible descubrir una tierra con un enorme peso histórico, más allá de los cohetes de Hamás y de los bombardeos israelíes. Antes de octubre de 2023, las autoridades gazatíes apenas podían atender sus 45 yacimientos arqueológicos debido a la falta de recursos y a las condiciones de seguridad.

Gaza es uno de los pocos lugares del planeta habitados de forma ininterrumpida desde hace tres mil años. Su principal ciudad, gris y poco atractiva a primera vista, no conservaba el encanto de otros cascos históricos de la región. Los escasos vestigios de la ciudad antigua quedaban ocultos entre edificios y viviendas de construcción reciente, levantados con rapidez y sin demasiado orden.

El itinerario por la Gaza anterior a la guerra

El paso de Erez

Para los periodistas, el único acceso era el paso de Erez. Se requería una tarjeta de prensa emitida por Israel y coordinación con las autoridades de Hamás. El cruce no consistía en un mero puesto militar: incluía una terminal fronteriza con control de pasaportes y un largo pasillo entre rejas que conectaba el lado israelí con el palestino. Ese recorrido también podía hacerse en un carrito de golf.

Al final esperaba un control de la Policía palestina y, unos metros después, otro de Hamás, que ejercía la autoridad en la Franja. Una vez completados los trámites, el viaje continuaba hacia Ciudad de Gaza por una carretera flanqueada por campos, inmuebles sin terminar y vistas intermitentes del Mediterráneo. Actualmente, Erez permanece cerrado al tránsito regular de personas y no se prevé una apertura general a corto plazo.

Marna House, un hotel con historia

La primera parada era el hotel Marna House, donde el periodista solía alojarse en la habitación número 12, con balcón. Frente a los hoteles de primera línea de playa preferidos por buena parte de la prensa internacional, este establecimiento de tres plantas ofrecía un restaurante amplio en la primera planta y seis habitaciones dobles repartidas entre la segunda y la tercera. Una escalera decorada con fotografías en blanco y negro conducía a las habitaciones; junto a la recepción había un piano y trabajaban empleados veteranos que habían conocido el hotel desde niños.

El historiador gazatí Salim al-Mubayed sostenía que era el alojamiento más antiguo de la Franja, incluso anterior al Estado de Israel. Fue inaugurado en 1945 por Margaret Salim Nassar, una palestina de origen armenio llegada desde Nazaret junto a su marido, ingeniero. Tras la muerte de este, ella comenzó a alquilar habitaciones de su vivienda para sobrevivir. El nombre del lugar procedía de Marna, la principal deidad de la Gaza prerromana.

Para la periodista Maha Shahwan, su valor residía en haber resistido los acontecimientos políticos que arruinaron otros proyectos turísticos. Desde sus comienzos funcionó como una suerte de «cocina política» frecuentada por delegaciones internacionales, periodistas y figuras artísticas y políticas árabes y extranjeras.

En sus primeros años, las mesas se distribuían bajo los árboles del jardín. Por allí pasaron la cantante y actriz libanesa Sabah, conocida como Al-Shahroura, que actuó en el cercano cine Al-Samer, y la actriz egipcia Soad Hosny, llamada la «Cenicienta del cine árabe».

Sayed al-Hashim y la Ciudad Vieja

Desde el Marna House se llegaba en pocos minutos a la ciudad vieja de Ciudad de Gaza, un espacio de iglesias, mezquitas, mercados, cafés e incluso un baño turco. Entre sus primeros destinos estaba la mezquita de Sayed al-Hashim, una de las mayores y más antiguas de la ciudad y lugar donde se encuentra la tumba del bisabuelo de Mahoma.

Construida por los mamelucos y restaurada por el sultán Abdulmajid en 1850, su relevancia es tal que algunos llaman a la ciudad Gaza Hashim. Los gazatíes más religiosos emplean esta denominación con orgullo, vinculando su ciudad con el Profeta a través de la tumba de su bisabuelo, situada bajo la cúpula del templo.

Qasr al-Basha, el Fuerte de Napoleón

Otra visita imprescindible era el Qasr al-Basha, también denominado palacio del Pasha o Fuerte de Napoleón. Concebido como un gran palacio, terminó convertido en un museo de dos plantas. Tras su victoria en Egipto, Bonaparte tomó Gaza con escasa resistencia y, según la tradición local, pasó una noche en la ciudad alojado en este edificio.

Era posible ver la habitación que ocupó el militar francés, quien dejó escrito que Gaza estaba rodeada de bosques y olivos que le recordaban al «paisaje del Languedoc», en el sur de Francia. A los funcionarios de Hamás no les interesaba especialmente ese episodio francés y utilizaban el cuarto como almacén.

La mezquita de Omar y el Hammam al-Sammara

La mezquita de Omar, conocida como Omari Mosque, ayudaba a comprender las diversas capas históricas de la ciudad. Se levantaba sobre una antigua iglesia cruzada en el barrio de Daraj, dentro del casco histórico y junto al zoco de Al Zawiya.

A poca distancia se encontraba el Hammam al-Sammara, o Hammam Samaritano, el último baño turco que seguía funcionando en Gaza. Tenía horarios diferenciados para hombres y mujeres. Como en otros baños de la región, los visitantes se lavaban con cubos de agua fría y caliente, descansaban sobre una losa de mármol calentada en la sala central llena de vapor y podían pagar un suplemento por un masaje exfoliante.

La iglesia de San Porfirio

Desde allí era posible caminar hasta la iglesia de San Porfirio, una pequeña presencia cristiana en el corazón musulmán de la Ciudad Vieja. Construida hacía unos nueve siglos, era una de las iglesias más antiguas de Gaza.

La presión ejercida dentro y fuera de la verja de separación provocó la emigración de gran parte de los cristianos. Su comunidad pasó de unas 3.500 personas en 2006 a poco más de mil en aproximadamente una década. La mayoría eran ortodoxos griegos, aunque también había cerca de un centenar de católicos y algunos protestantes.

Omar al-Mukhtar, el eje comercial

La calle Omar al-Mukhtar era la zona más céntrica y distinguida de Ciudad de Gaza. Reunía centros comerciales, tiendas de ropa, cafeterías, restaurantes y casas de cambio, uno de los negocios más prósperos. Más allá de ese núcleo de desarrollo, la ciudad mostraba una realidad mucho más dura, mitigada visualmente por la cercana presencia azul del mar.

Esta arteria comunicaba el casco histórico con Rimal y el Mediterráneo. Durante el día estaba llena de compradores y, al anochecer, de familias y grupos de amigos que salían a caminar. Pequeños comercios convivían con modernos centros comerciales, establecimientos de ropa, perfumes, telefonía, artículos para el hogar, librerías y locales de restauración.

Abu Haseira y la cocina del Mediterráneo

Junto al mar se encontraba el restaurante Abu Haseira, una referencia para comer pescado. La familia propietaria llevaba décadas vinculada a la pesca, aunque desde que abrió su primer restaurante en los años setenta fue sustituyendo progresivamente las redes por los fogones.

El pescado se servía a la parrilla, con guindilla, perejil, cebolla, limón y tomate. Su plato más característico era la zibdiyeh de gambas: gambas cocinadas con tomate y abundante picante, presentadas humeantes en la cazuela de barro que da nombre a la receta. La familia conservaba además una historia singular: uno de sus antepasados fue un destacado rabino judío marroquí que murió durante un viaje por Egipto en el siglo XIX.

Al Deira, cena frente al mar

El hotel Al Deira, próximo al puerto y frente al Mediterráneo, era uno de los alojamientos con mayor personalidad de Gaza. Sus tonos rojizos, arcos blancos y techos abovedados respondían a una arquitectura tradicional que lo distinguía de los grandes hoteles contemporáneos.

Su terraza era un lugar para volver al pescado, ya fuera con una sopa o con una pieza recién llegada del mar, mientras se contemplaba el atardecer. Después de cenar, se podía bajar a la playa y cerrar el día con un baño.

Kazem Ice Cream y el barrad

Para el postre, Kazem Ice Cream servía helados en Gaza desde 1950 y se había convertido en una institución local. A unas manzanas del mar, la familia levantó sobre su antiguo establecimiento una cafetería de estética inspirada en los años cincuenta, con asientos de colores tan llamativos como sus helados.

El negocio contaba con máquinas italianas para elaborar gelato, cuya llegada a la Franja no debió de ser sencilla. La especialidad de la casa era el barrad, un granizado de limón y plátano con un ingrediente secreto en su receta, asociado durante generaciones a los veranos de Gaza.

El regreso al Marna House

La jornada terminaba de vuelta en el Marna House. Con el paso de los años, Gaza y los huéspedes del hotel fueron cambiando: los artistas dieron paso a delegaciones del Comité Internacional de la Cruz Roja, personal de Naciones Unidas y periodistas como Robert Fisk, autor de La gran guerra por la civilización, una obra de referencia sobre Oriente Medio.

La transformación se percibió también en el bar de un hotel que fue el último de la Franja en servir cerveza, aunque dejó de hacerlo justo antes de la llegada del periodista. El dato se lo relató Eugenio García Gascón, entonces decano de la prensa española en Tierra Santa. Sin cerveza, quedaba fumar una narguile de manzana antes de subir a la habitación 12, convertida en una casa en Gaza.