Reimaginando las ciudades: Jardines verticales para combatir la «Isla de calor»
Las ciudades contemporáneas se enfrentan a un desafío creciente: el efecto conocido como ‘isla de calor‘. Para combatir los perjuicios en la salud que este fenómeno conlleva, las urbes deben adaptarse a este cambio y una de las soluciones más prometedoras es incrementar la superficie verde. Sin embargo, con el espacio cada vez más limitado en las ciudades, no es una tarea fácil. La solución puede estar en cambiar nuestra perspectiva y en lugar de mirar el suelo, fijar la vista en las paredes.
Los jardines verticales no son una invención moderna. De hecho, existen pruebas de su uso desde el siglo IV antes de Cristo, en culturas tan distintas como la babilonia y la egipcia. Esta antigua práctica se puede observar hoy en la fachada del CaixaForum en Madrid, un muro que alberga diversas especies de vegetación.
Las ventajas de los jardines verticales son numerosas y van más allá de la estética. Su capacidad para conservar la temperatura interior de los edificios, tanto en verano como en invierno, puede resultar en un considerable ahorro energético. Además, contribuyen a la reducción de la contaminación acústica, de la incidencia del viento, y ayudan a mejorar la calidad del aire exterior. Pero no todo es color de rosa: su principal desventaja radica en su elevado precio de instalación y mantenimiento.
Verde como instrumento de salud
La Organización Mundial de la Salud recomienda que las ciudades tengan entre 10 y 15 metros cuadrados de área verde por persona para garantizar el bienestar de los habitantes. Sin embargo, muchas ciudades están lejos de este objetivo. Un informe publicado en The Lancet estima que 6.700 muertes prematuras pueden atribuirse al calor extremo que se acumula en las calles, y un tercio de estas podrían evitarse con la plantación de árboles en el 30% del espacio urbano.
El efecto ‘isla de calor’ es especialmente grave en el sur y este de Europa. Barcelona, por ejemplo, tiene solo un 8% de cobertura de árboles y una mortalidad del 14% debido a estos valores extremos de calor. En Madrid, las cifras son de un 9,5% de árboles y una mortalidad del 12%.
El efecto ‘isla de calor’ se refiere a la mayor temperatura que se registra en el centro de las ciudades en comparación con las zonas rurales circundantes. Esto se debe a que el asfalto y el hormigón absorben las altas temperaturas producidas por los vehículos, los aires acondicionados y el sol, y las emiten durante la noche, manteniendo las temperaturas
