El centrocampista español del Barcelona #16 Fermín López compite con el defensa español del Celta de Vigo #04 Unai Núñez durante el partido de fútbol de la liga española entre el RC Celta de Vigo y el FC Barcelona en el estadio de Balaidos de Vigo el 17 de febrero de 2024.

La noche cayó sobre el mar Celta, donde políticos observaban desde la grada a un equipo de mitología, presidido con valor y alegría por Iago Aspas. En este pueblo que guarda los sabores del subsuelo marino, justo al lado de las misteriosas Islas Cíes, se encontraba el escenario de una noche de fútbol inolvidable.

La canción de Enrique Urquijo resuena en el ambiente, «Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto». En este mismo mar se gestaron los poemas de Rosalía de Castro, en cuya textura escribía Manuel Rivas y donde Carlos Casares saboreó la alegría con Gonzalo Torrente en su obra Los gozos y las sombras. Esa noche, en ese mar, el Barça sintió la puntada de la derrota.

El desconcierto fue generalizado para el equipo que había perdido su misterio. Como en la canción de Los Secretos con letra de Joaquín Sabina, lo que parecía ser una juerga de mar, se convirtió en el olor del fracaso. «Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto», describe la canción. Así se sentía en el mar de Vigo, donde los celtas son bravíos aunque pierdan. Una demostración de que al Barça se le atragantó su fútbol y ahora es tan vulgar como aquellos que dicen que es cada día más impuro.

Todo cambió cuando el Celta empató al inicio del segundo tiempo. El Barça, que había hecho de su esperanza, el gol de Lewandowski, su último botín, se vio sacudido. Mingueza centró a Aspas, quien marcó un gol que parecía tan leve como la esperanza de que no lo hubiera sido.

«Sólo canto si tú me demuestras que es verde la luz de tus ojos de gata». Esta demostración de amor e indiferencia en la canción de Urquijo no caló en el espíritu azulgrana. El nerviosismo de la derrota que hubiera significado el empate se confundía con algunos de los versos más tristes de esa canción de amor sin porvenir.

«Con el ´quiero beber´ el alcohol me acunó entre sus mantas/ y soñé con sus ojos de gata/ pero no recordé que de mi algo esperaba…». El equipo estaba roto, el ritmo del partido que llevaba el Barça recordaba a la letra de Urquijo, triste como la consecuencia inevitable de un fracaso.

«Desperté con resaca y busqué pero allí ya no estaba…». Así parecía sentirse el Barça, un equipo que fue omnipotente y que ahora depende sólo de una o dos casualidades. Lewandowski y, sobre todo, este muchacho, Lamine Yamal, que parece hecho para ser algún día lo que fue Messi en estos territorios.

La canción que acompañó más allá del penalti que el polaco ensayó dos veces, quedó grabada en la memoria de los barcelonistas heridos. El episodio final, en el que el que pierde el amor de la noche se queda a la luna de Cádiz, en este caso de Vigo. El Barça se volvió vulgar, lleno de voluntades sin amor, perdido hasta el rescate final en el escenario que fue cuna marina de los versos tristes de Rosalía de Castro. El fútbol, ese juego tan impredecible, volvía a escribir su propia historia.