El peligroso 'mito' de limpiar de vegetación viva los ríos para evitar inundaciones

Cuando los ríos y arroyos crecen inusitadamente, las voces de los afectados, ciertos políticos y otras voces autorizadas a menudo repiten el mantra de que la inundación no habría ocurrido si el río estuviera limpio. Limpio, ¿de qué? ¿De basura? ¿De la mal llamada “maleza”? Algunos incluso llegan a pedir la eliminación de todo el arbolado.

Este mito de la necesidad de «limpiar» los ríos se refleja en la gran cantidad de arroyos que discurren por nuestros campos y que carecen de vegetación en sus orillas. Esta creencia también se refleja en los enormes presupuestos invertidos en retirar los sedimentos del fondo de los ríos y en eliminar los bosques de ribera, especialmente los arbustos.

Estas prácticas, sin embargo, tienen un impacto negativo en la biodiversidad, en la naturaleza y en la seguridad de las poblaciones y sus propiedades. Es crucial valorar y reivindicar el papel esencial que la vegetación de la ribera desempeña en el ecosistema. Las leyes de la naturaleza son manifestaciones de una inteligencia que ha hecho posible nuestra propia existencia. El intento de superar a la naturaleza ha llevado a la humanidad a enfrentarse a una gran crisis ambiental a escala global, una situación sin precedentes en nuestra historia.

Los bosques de ribera son corredores ecológicos que facilitan la movilidad de las especies animales y de las semillas, que son arrastradas por el agua, el viento o trasladadas por la fauna a través de sus tractos digestivos. La vegetación proporciona sombra al agua, manteniéndola más fresca y oxigenada, lo cual es ideal para la fauna. Sin la vegetación, el agua está más caliente, lo que favorece la proliferación de algas y la disminución del oxígeno disuelto.

Además, la ausencia de vegetación aumenta las pérdidas de agua por evaporación, lo que reduce la recarga de los acuíferos y la disponibilidad de agua para el consumo y el riego. Los bosques de ribera son un ecosistema compuesto por especies adaptadas para interactuar con la dinámica de los ríos y arroyos, creando un equilibrio del que las crecidas forman parte. Cuando estas se producen, las raíces de la vegetación sujetan la tierra de las orillas y del lecho, y frenan la velocidad del agua, disminuyendo así la erosión y el arrastre de objetos.

El argumento de quienes abogan por eliminar la ‘maleza’ es que, de esta manera, troncos y ramas arrastradas no formarán barreras que, al ser desbordadas, incrementen la fuerza del agua. También se piensa que al tener el agua más capacidad de erosión una vez desprovisto el cauce de vegetación, éste se ampliará y disminuirá el riesgo de desbordamiento. Sin embargo, esa ampliación se produce a costa de arrastrar la tierra de las orillas aguas abajo, lo que acaba depositándose en el lecho de los ríos y embalses. La consecuencia es que aumenta la altura del lecho, disminuyendo la profundidad y, por ende, la capacidad de encauzamiento del agua en el caso de los ríos y de almacenamiento en el de los embalses.

Tiene sentido que las labores de vigilancia y mantenimiento de ríos y arroyos incluyan la retirada de restos de vegetación seca situados junto al cauce o dentro de él, con el objetivo de evitar las temidas barreras que retienen el agua. Sin embargo, a menos que se trate de especies invasoras, nunca se justificará la eliminación de la vegetación viva, tanto por su valor en sí misma como porque su efecto es contraproducente para la seguridad de las personas y para la protección de edificios, cultivos e infraestructuras.

(*) Miguel Á. Ortega es presidente de la entidad ‘Reforesta’. Contacto de la sección de Medio Ambiente: crisisclimatica@prensaiberica.es.