El cambio climático se ha convertido en un desafío cada vez más grande para la producción de alimentos en todo el mundo. El aumento de las temperaturas, el incremento en los niveles de dióxido de carbono y la disminución en la disponibilidad de agua están afectando a productos agrícolas de importancia mundial como el trigo, el maíz, el mijo, el sorgo, el arroz y, especialmente, la patata, que constituyen la alimentación básica de miles de millones de personas.
Un reciente estudio publicado en la revista ‘Potato Research’ ha revelado que los efectos del calentamiento global y el aumento del CO2 atmosférico son diferentes para las patatas de primavera y las de verano. Este estudio, realizado por científicos del Centro Leibniz de Investigación del Paisaje Agrícola (ZALF) y la Universidad Tecnológica de Brandenburgo Cottbus, en Corea del Sur, no solo investiga los efectos del calentamiento global en el cultivo de la patata, sino que también presenta estrategias de adaptación que podrían ser aplicables en otras regiones del mundo.
El fertilización por CO2 es uno de los puntos clave en estas estrategias. Este fenómeno se refiere al hecho de que mayores concentraciones de CO2 en la atmósfera pueden mejorar el rendimiento fotosintético de las plantas, resultando en un crecimiento más rápido y mayores rendimientos. Según Yean-Uk Kim, autor principal del estudio, el efecto de fertilización con CO2 puede compensar los efectos negativos del aumento de las temperaturas e incrementar el rendimiento de las patatas de primavera hasta en un 60% si se ajustan los tiempos de plantación.
Además, los resultados del estudio indican que, en condiciones de cambio climático leve, resulta beneficioso modificar las estrategias habituales y plantar antes las patatas de primavera para aumentar la producción. Sin embargo, en condiciones de cambio climático más severas, los investigadores sugieren la obtención de variedades de primavera resistentes al calor como la mejor estrategia de adaptación. En el caso de las patatas de verano, la estrategia debería centrarse en aumentar la tolerancia a las altas temperaturas, buscando las variedades adecuadas, independientemente del escenario climático.
Los resultados de este estudio son fundamentales para desarrollar estrategias de seguridad alimentaria a largo plazo y prácticas agrícolas sostenibles. «Este es un ejemplo de cómo las combinaciones de modelos agrícolas y climáticos pueden contribuir al desarrollo de estrategias regionales de adaptación eficaces», afirma Kim.
Como siguiente paso, los investigadores planean estudiar cómo afectará a la producción agrícola el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos, que no se incluyeron en el estudio actual. El objetivo es comprender mejor las dificultades a las que se enfrentan los agricultores debido a estos otros efectos del cambio climático y proporcionar también para esos casos estrategias de adaptación más eficaces, contribuyendo así a garantizar la seguridad alimentaria en el futuro.
Por otro lado, el desarrollo de nuevas variedades de cultivos ha sido identificado como uno de los pasos clave para mitigar los efectos adversos del cambio climático en el rendimiento agrícola. En un estudio anterior centrado en los cereales, estos mismos investigadores concluyeron que los efectos negativos del cambio climático en las zonas más frías podrían compensarse o incluso revertirse mediante la fertilización con dióxido de carbono y opciones de adaptación. Sin embargo, esto requeriría «importantes inversiones y recursos», por ejemplo, en infraestructura de riego y disponibilidad de agua.
La seguridad alimentaria es un tema de suma importancia a nivel global y la necesidad de adaptarse al cambio climático se ha convertido en una prioridad. Estos estudios son un paso esencial para entender cómo manejar estos desafíos y asegurar la producción agrícola a largo plazo.
Para más información, puede consultar el informe de referencia: https://link.springer.com/article/10.1007/s11540-024-09691-7.
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