Ángel Hernández: Un testigo del procès catalán
Ángel Hernández, un antiguo agente de la Unidad de Intervención Policial (UIP), vive hoy en su casa de Lugo, incapaz de usar su brazo derecho debido a las heridas que sufrió durante el procès catalán. Obligado a retirarse prematuramente con una pensión de únicamente 800 euros al mes, lamenta la falta de reconocimiento y apoyo que ha recibido desde entonces.
Un día que cambió todo
Para Hernández, de 48 años, el tiempo parece haberse detenido el 18 de octubre de 2019. Fue ese el día que cambió su vida para siempre. No importa dónde esté o qué esté haciendo, los recuerdos de ese día vuelven a él con una claridad sorprendente. «Es como si volviera en un fogonazo», dice, reviviendo las imágenes de la violencia y el caos que marcó su último día en servicio.
El procès catalán fue un periodo de intensa agitación política en Cataluña, una región autónoma de España que ha sido durante mucho tiempo un semillero de sentimientos separatistas. En medio de las crecientes tensiones, Hernández y sus compañeros de la UIP fueron enviados para mantener el orden. Sin embargo, la situación rápidamente se salió de control.
Heridas físicas y emocionales
En medio del caos, Hernández fue herido gravemente. Aunque los detalles precisos de su lesión no se han hecho públicos, está claro que las secuelas han sido devastadoras. Hoy en día, Hernández es incapaz de usar su brazo derecho y sufre de trastorno de estrés postraumático.
A pesar de sus heridas, Hernández siente que ha sido abandonado por las mismas instituciones que juró proteger. Fue jubilado con una pensión de apenas 800 euros al mes, apenas suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Además, se siente frustrado por la falta de reconocimiento que ha recibido por su servicio y su sacrificio.
«Han dado la razón a ellos», dice, refiriéndose a los separatistas catalanes que, en su opinión, han logrado retratar a la UIP como los villanos de la historia.
La vida después del procès
Hoy en día, Hernández vive una vida tranquila en su casa en Lugo, un pequeño pueblo en el noroeste de España. Pasa sus días cuidando de su jardín y luchando con los fantasmas de su pasado. A pesar de todo, se mantiene fuerte, negándose a dejarse vencer por la adversidad.
Aunque la vida de Ángel Hernández ha cambiado irrevocablemente desde aquel fatídico día en octubre de 2019, su historia sirve como un recordatorio de los costos humanos del conflicto político. A medida que Cataluña y España continúan lidiando con las secuelas del procès, es esencial que las voces de aquellos que sufrieron en primera línea, como Hernández, no sean olvidadas.
