En el emblemático Estadio Olímpico de Berlín, el eco de la canción «Puede ser mi gran noche» se desvanecía, mientras una ola de seguidores croatas abandonaba en silencio. El motivo de su silencio y su decepción fue una actuación impresionante y convincente de la selección española. En su debut en la Eurocopa, el equipo español demostró un juego con matices fascinantes y una contundencia palpable. Su triunfo fue aún más emocionante considerando que el oponente era un gigante del fútbol: la Croacia de Luka Modric, que fue superada por una melodía cadenciosa de fútbol español.
El equipo español formado por Unai Simón; Carvajal, Le Normand, Nacho, Cucurella; Rodri (Zubimendi, min.87), Fabián; Yamal (Ferran, min.86), Pedri (Dani Olmo, min.59), Williams (Merino, min.68); y Morata (Oyarzabal, min.67). Enfrentó al equipo croata compuesto por Livakovic; Stanisic; Sutalo, Pongracic, Gvardiol; Modric (Pasalic, min.65), Brozovic, Kovacic (Luka Sucic, min.65), Majer; Budimir (Perisic, min.56) y Kramaric (Petkovic, min.72).
El árbitro del encuentro fue Michael Oliver de Inglaterra, quien mostró una tarjeta amarilla a Rodri (min.78) del equipo español.
La melodía del fútbol español
El fútbol de la selección española dictó una ley distinta a la de la grada. Con una armonía extraordinaria y desconcertante para el adversario, dominaron la pelota, presionaron muy arriba y movieron el balón con suavidad, sin estridencias. Este fútbol melodioso y cadencioso, como una mantis religiosa, esperaba su momento para saltar sobre la presa.
Morata abrió el camino cuando un robo de balón se convirtió en una autopista hacia el cielo para él y sus sombras. El pase de Fabián fue exquisito y Morata, tras una carrera que pudo acabar en cualquier lugar, decidió mirar, pensar y aliviar su cabeza: su disparo de zurda fue limpio y decisivo. Gol en la primera, la selección arrancó a través de su jugador más controvertido.
Fabián, después de un par de regates afortunados tras el eslalon de Lamine y el pase de Pedri, anotó el segundo gol. Croacia comenzó a desangrarse. El tiro también acabó en la red.
El tercer gol vino de Carvajal, quien, en todas partes, soltó la pierna para sellar un marcador impensable al descanso. 3-0, todo el mundo se frotaba los ojos, los propios y los ajenos, mientras sonaban pitos de desaprobación de la masa croata a sus héroes derrumbados.
La grada croata, silenciada
La segunda mitad comenzó con el estadio habiendo perdido su ebullición. Las gargantas croatas habían enmudecido porque el partido se había acabado hace unos minutos. No había ánimo para emprender una remontada improbable y España no ofrecía fisuras desde la defensa, el dolor de cabeza de muchos aficionados antes de la Eurocopa.
A pesar del riesgo de una debacle en los contragolpes, Croacia se lanzó nuevamente a su aspiración de hacer algo en el partido. Esto provocó cierta zozobra en la retaguardia española, que se manejó con sangre fría y mucho aplomo.
Unai Simón, quien había blindado su portería con agilidad y personalidad, cometió un error. El juego con los pies no es su especialidad y el rebote terminó en penalti y follón. El VAR revisó y decidió que dos balcánicos habían entrado en el área antes de tiempo, el penalti no se repitió y España libró el momento con ese gramo de suerte tan necesaria en la alta competición. Un guiño que suena a futuro mejor.
