En 1522, un reducido grupo de afortunados marineros hizo historia al completar la primera circunnavegación del mundo, un viaje de tres años que comenzó en 1519 bajo el liderazgo de los españoles Don Fernando de Magallanes y Don Juan Sebastián Elcano. El viaje culminó con una caminata descalza y con un ciro en la mano hasta las iglesias de Sevilla en agradecimiento a la providencia que les permitió sobrevivir a la travesía. Mientras conocemos muchos detalles de esta expedición, el maestro de la flauta de pico y profesor de Teoría de la Interpretación, Pedro Bonet, ha dedicado casi medio siglo a desvelar un enigma hasta ahora desconocido: la música que acompañó a los marinos en este histórico viaje.
Pedro Bonet, un erudito musical dedicado a la recuperación de las melodías de la época de los galeones, ha trabajado incansablemente para recrear la música que sonaba a bordo, así como las danzas y tonadillas que se tocaban en la Península Ibérica en aquel entonces. Bonet ha presentado recientemente un doble disco compacto titulado ‘La vuelta de Magallanes y Elcano‘, que incluye 122 minutos de música de la época y un libreto de 72 páginas que explica el contexto histórico de la gesta.
El primer disco se centra en la circunnavegación del mundo, pero también nos lleva 25 años atrás hasta el descubrimiento de América debido a su importancia histórica. Destaca la interpretación de ‘La Spagna‘, una ‘baja danza’ representativa de la emergente España de la época. Esta danza cortesana era popular entre los siglos XV y XVI y era comúnmente escuchada en los navíos que cruzaban el Atlántico.
Según Bonet, la música religiosa fue la que marcó la primera vuelta al mundo, ya que estaba íntimamente ligada a los orígenes de la gesta. En el Tratado de Tordesillas, firmado en 1494, España y Portugal se repartieron el mundo con la ratificación del Papa, comprometiéndose a extender la religión por las nuevas zonas. La música, por supuesto, jugó un papel crucial en este proceso de evangelización.
Bonet también destaca la importancia de los galeones como medio de comunicación de la época, llevando no solo personas, animales, herramientas y alimentos, sino también música. Entre los instrumentos más habituales a bordo se encontraban la vihuela, una suerte de guitarra pequeña, y la flauta, la cual, según Bonet, fue especialmente práctica por su portabilidad y facilidad de reproducción.
El mestizaje musical entre la península y el Nuevo Mundo es otro aspecto destacado por Bonet, quien menciona el ejemplo de Pedro de Gante, que estableció una escuela de música en México. Este intercambio cultural dio lugar a géneros de ida y vuelta, como la zarabanda, que llegó desde América y estuvo prohibida por Felipe II, y la folia, que era originaria de la península y pasó a las Américas.
En cuanto a los gustos musicales de Carlos V, Bonet revela que el emperador tenía predilección por la polifonía flamenca, en gran medida debido a su crianza en Gante. De hecho, incluyen algunas de estas obras en el primer disco, que también presenta una obra contemporánea inspirada en la crónica de Pigafetta, uno de los cronistas de la expedición.
El segundo disco está dedicado a los siglos XVII y XVIII y presenta varias obras portuguesas, que, aunque rivales, fueron coprotagonistas en Tordesillas y una pieza clave en las rutas ibéricas de circunnavegación. Bonet también menciona la inclusión de música tradicional china recogida por un jesuita francés en la corte de Pekín, así como los escritos de Teodorico Pedrini, maestro de música de tres hijos del emperador Kangxi de la dinastía Qing.

