Mathieu van der Poel, después de atacar.

En el mundo del ciclismo, donde muchos luchan y sufren, hay un ciclista que parece disfrutar de la adversidad. Este ciclista es Mathieu van der Poel, un deportista que no sólo supera los desafíos más difíciles, sino que parece deleitarse con ellos.

De las ruedas pinchadas hasta las bicicletas destrozadas, cada obstáculo que se le presenta parece solo alimentar su determinación. En la carrera conocida como ‘Infierno del Norte’, van der Poel parece encontrar un paraíso personal. Viajando a una velocidad de 47,8 kilómetros por hora, este ciclista no se gira ni siquiera cuando ataca a casi 60 kilómetros de la meta. Su estilo de pedaleo, su forma de atacar y su habilidad para superar a sus competidores son dignos de un verdadero artista.

Van der Poel está en camino a convertirse en el mejor especialista de carreras clásicas de la historia. Su abuelo, Raymond Poulidor, un ciclista legendario que falleció hace poco, seguramente estaría muy orgulloso de su nieto. Al parecer, los genes de su padre, Adrie van der Poel, también un ciclista destacado, han servido para crear a este monstruo de los adoquines.

Van der Poel ha conseguido victorias consecutivas en Flandes y Robauix, y se perfila como el favorito para la próxima Amstel Gold Race, la prueba reina de su amado Países Bajos. Sin embargo, su camino hacia la gloria en la Lieja-Bastoña-Lieja puede no ser tan seguro, ya que se espera la presencia de Tadej Pogacar, un competidor formidable.

Hacer 59 kilómetros y 700 metros en solitario en la París-Roubaix es una verdadera hazaña. Uno debe ser extremadamente hábil o, en palabras más comunes, estar loco para atacar a tal distancia de la meta en una carretera llena de adoquines. Uno de los tramos más desafiantes es el Carrefour de l’Arbre, el peor de todos, seguido de cerca por el bosque de Arenberg. Solo un ciclista de la calidad extraordinaria de Van der Poel podría enfrentar estos desafíos y salir victorioso.

Los adoquines de la París-Roubaix no son como los que se encuentran en las calles de una ciudad antigua. Son pedruscos mal puestos y separados entre sí, donde caben dos dedos por lo menos. Aquí, la bicicleta rebota como si el ciclista estuviera montado sobre una taladradora, y uno tiene que ir a toda velocidad, sin temor a caer, porque si se va lento es casi imposible mantener el equilibrio.

Es en estos terrenos donde Van der Poel triunfa. Después de rodar 200 kilómetros con el apoyo de su equipo, decide hacer saltar la banca en el sector de adoquines de Orchies. Nadie se atreve a seguirlo, y así es como colecciona victorias, como si estuviera dando un concierto sobre una bicicleta. De este modo, logra un triunfo épico y una de las victorias más magistrales en la historia de la París-Roubaix, la gran clásica de primavera, también conocida como el ‘Infierno del Norte’, un tormento con 55,7 kilómetros de adoquines. Sin duda, una de las principales joyas del ciclismo de todos los tiempos.

La carrera París-Roubaix es una verdadera prueba de resistencia y determinación. Y en este escenario, Mathieu van der Poel se ha demostrado como un verdadero campeón. Con cada victoria, con cada kilómetro recorrido, este ciclista extraordinario continúa escribiendo su nombre en la historia del ciclismo.