La llegada masiva de migrantes a Ceuta el pasado 30 de julio dejó, además de las cifras, historias de personas que aseguran no haber encontrado todavía un lugar seguro. Entre ellas se encuentran migrantes LGTBI que huyeron de Marruecos por la persecución vinculada a su orientación sexual o identidad de género.
En Marruecos, los llamados «actos homosexuales» están castigados con penas de entre seis meses y tres años de prisión, además de multas. No existen datos oficiales sobre cuántas personas LGTBI llegaron a la ciudad autónoma, aunque Gonzalo Serrano, presidente de la Fundación Arcoiris, señala que los colectivos manejan una estimación del 10% de la población. Por su parte, la activista trans marroquí Tima Agueddour afirma haber contactado con hasta 176 personas LGTBI en Ceuta, si bien aclara que no puede confirmar que esa sea la cifra exacta, ya que muchas tienen miedo de identificarse como parte del colectivo.
Historias de quienes buscan protección
Anass, Marouane, Inara, Aisha y Maryam son cinco de esas personas. Sus nombres son ficticios para proteger su seguridad y no se conocen entre sí, pero comparten el deseo de vivir libremente y sin esconderse. Según sus testimonios, tras cruzar la frontera continúan sufriendo agresiones, insultos, robos y amenazas en Ceuta.
Los cinco llegaron desde Marruecos el 30 de julio, una jornada en la que 141 personas se quedaron por el camino. Todos manifiestan su intención de llegar a la península para iniciar una nueva vida después de abandonar un país en el que dicen haber sido perseguidos.
Inara denuncia amenazas y agresiones tránsfobas
Inara, una mujer trans marroquí que ya ha podido solicitar protección internacional, reside en el Centro San Antonio. Explica, a través de la traducción de Agueddour, que cruzó la frontera porque no podía ser quien era en Marruecos.
«En el día a día tengo miedo de salir a comprar porque estamos perseguidos, sufrimos agresiones, insultos tránsfobos y amenazas de muerte», relata. Agueddour asegura que tienen constancia de que 13 personas del colectivo se encuentran en el Centro San Antonio, nueve en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) y otras 86 en la calle.
La vida en las calles de Ceuta
Anass, Aisha y Maryam figuran entre quienes no disponen de alojamiento. Anass, un joven gay que sufre ataques de epilepsia relacionados con episodios de ansiedad, explica que su situación le ha llevado al hospital. Según su testimonio, pasa los días en la calle y obtiene comida, ropa y ocasionalmente un lugar para dormir gracias a la ayuda de una mujer y de personas que reparten alimentos a migrantes.
El joven afirma que abandonó Marruecos tras años de rechazo y agresiones por parte de familiares y vecinos. Cuenta que, tras utilizar una aplicación para hombres gais, fue reconocido por una persona de su barrio que, según sostiene, organizó una emboscada junto a otros hombres para golpearlo y desacreditarlo en su localidad.
Anass también denuncia haber sufrido acoso y palizas en Ceuta, esta vez a manos de otros migrantes. No obstante, ha podido formalizar su solicitud de asilo por su situación de extrema vulnerabilidad, después de que una mujer contactara con una organización en su nombre y con la intervención posterior de Legal Support.
El procedimiento para solicitar asilo
Meriem Liazid, de Liazid Abogados, explica que el procedimiento de asilo funciona mediante listas según el centro en el que se encuentre cada persona. La abogada indica que, tras un cambio de sistema, las listas para solicitar asilo llegan hasta febrero y ya no se pueden incluir durante los fines de semana a personas vulnerables identificadas por profesionales, puesto que actualmente todas las personas son consideradas vulnerables.
Marouane: «Mi vida y mi salud mental estaban en peligro»
Marouane, de 22 años, asegura que huyó de Marruecos porque ser gay ponía en riesgo su vida y su salud mental. Explica que desde niño vivió con miedo, vergüenza y ansiedad, ocultando su orientación sexual incluso a su familia. A sus allegados les dijo que se marchaba en busca de empleo y una vida mejor, por temor a que pudieran hacerle daño si conocían la verdad.
Llegó a Ceuta nadando el 30 de julio, en un trayecto que define como muy peligroso. Sin embargo, afirma que no ha encontrado la seguridad que esperaba en Europa: denuncia insultos, humillaciones, agresiones, robos de dinero, móvil y ropa por parte de personas que conocen su orientación sexual.
Hasta hace menos de una semana dormía en la calle y asegura que esta situación ha afectado a su salud psicológica. Posteriormente consiguió plaza en un campamento, aunque expresa que quería ingresar en el Centro San Antonio para convivir con otros jóvenes gais marroquíes a los que conoce. Marouane todavía no ha podido presentar su solicitud de asilo y afirma tener una cita con la Policía en diciembre.
Una pareja que rechaza separarse
Aisha y Maryam son una pareja de mujeres marroquíes que vive en Ceuta tras abandonar su país por las amenazas de muerte que, según cuentan, recibieron de sus familias y su entorno. Actualmente duermen en parques y denuncian sufrir robos y violencia de forma habitual.
Aisha fue obligada a casarse en Marruecos con un hombre que, además de ser su marido, era su agresor. Su condición de víctima de violencia de género le permitió acceder a una plaza en un centro específico, pero la medida no incluía a Maryam. Ante la obligación de separarse de su pareja, Aisha rechazó la plaza. «Solo queremos vivir en paz en pareja, sin violencia, sin agresiones», afirman.
Agueddour sostiene que la situación se agrava para las mujeres trans. Denuncia que no pueden acceder a espacios destinados a mujeres y que algunos hombres trans han sido obligados a vestir ropa de mujer para no «asustar» a las residentes. Según la activista, los hombres gais y las mujeres trans carecen de espacios seguros, mientras que los hombres trans son ubicados en zonas de mujeres y obligados a ajustarse a normas de género.
La falta de recursos específicos
Liazid advierte de que la situación del colectivo LGTBI en Ceuta es delicada por la falta de espacios de alojamiento específicos. La letrada señala que algunas personas sufren discriminación en las viviendas porque no pueden ocultar su orientación sexual.
La abogada también alerta sobre la posible instrumentalización de la pertenencia al colectivo en las solicitudes de asilo y pide que cada caso sea analizado con rigor. Según indica, los agentes de la Oficina de Asilo y Refugio (OAR), dependiente del Ministerio del Interior, están preparados para detectar la veracidad de los testimonios en las entrevistas. Agueddour niega que se esté produciendo el fenómeno planteado por la letrada.
Liazid relata el caso de un joven que decidió regresar a Marruecos tras sufrir palizas y malos tratos de sus propios compañeros en una vivienda. Además, advierte de que la falta de empleo, alimentos y acceso a recursos de acogida deja a algunas personas LGTBI sin alternativas, hasta el punto de que pueden verse abocadas a la prostitución para subsistir.

