Lutgardo García enhebra en un pregón bordado sobre seda los perfiles quijotescos y alados de la fiesta nacional

El arte de la tauromaquia y el fútbol se entrecruzaron en el escenario del Real Círculo de Labradores, un antiguo convento de San Acacio de los agustinos, en un encuentro que revela la capacidad de estos dos mundos para unirse a pesar de sus diferencias. Esta unión se produce en el marco de una conversación sobre los toros, el arte de la tauromaquia y la belleza que emana de la confrontación entre el torero y la bestia.

Este escenario, que no cuenta con un huerto ni un limonero, fue el lugar desde el que un poeta de plata, vestido con medias maestrantes y versos bordados a canutillos de oro, pregonó a la torería. El poeta, Lutgardo García, es un héroe contemporáneo que lucha contra la muerte a favor de la vida, en palabras de Ignacio Trujillo.

Lutgardo dedicó su pregón a los músicos y fotógrafos, desde el maestro Tejera al maestro Pepe Morán. Su discurso culminó con una reflexión sobre la vida quijotesca del torero Curro Camacho. Camacho, un espíritu libre y anárquico, lucha contra los molinos de viento de una sociedad digital y blandita, una sociedad que repugna el dolor y la sangre y que busca lograr todo de manera rápida y fácil.

El pregón de García cambió de tercio para defender el milenario arte de torear, un arte que ha evolucionado desde Mesopotamia hasta las cuevas de Altamira, desde Creta hasta la Baja Andalucía. Lutgardo abordó también la figura de Antonio, tratado como antitaurino, aunque más bien era un «antitaurinos».

La preocupación de Antonio por España, tan de español de fin de siglo, le llevaba a denunciar el casticismo y la mitomanía de los taurinos, así como la beatería supersticiosa del pueblo. Este pregón, terminado el Domingo de Resurrección, se tejió en torno al inevitable recuerdo a Pepín Tristán, quien se despidió hace tres lustros de la Maestranza en un domingo de pascua.

El pregón también mencionaba al maestro Tejera, cuya presencia «brilla como los instrumentos de metal en las hondas raíces de mi sevillana genealogía, tío carnal de mi abuelo y hermano de mi bisabuela Margarita», según Lutgardo.

El poeta miraba a esa otra cara de la fiesta y se inspiraba también en los más grandes. Desde lo quijotesco a lo alado, desde Curro Camacho a Joselito y el Faraón de Camas, pasando por la décima al Pasmo de Triana.

Lutgardo fue presentado por el poeta Juan Lamillar, quien esbozó también el otro lado del poeta, el de los pies de plomo que citó Bergamín. Su cabeza a pájaros está pendiente de la poesía, mientras que sus pies de plomo se asientan en una dedicación médica que reparte entre su plaza en el Hospital Virgen del Rocío, como especialista en Obstetricia y Ginecología, su faceta de investigador y su docencia en el Hospital Universitario.

El evento estuvo amenizado por la música torera de la Banda Tejera, así como por el pianista Curro Soriano y la soprano Carmen Serrano. La obra de Lutgardo culminó con un sentido homenaje a Curro Camacho, no tanto como torero, sino como instrumento enderezador de algunos renglones torcidos. El toreo como vía de escape, como orientación educativa en los barrios menos alados de la vida.