Un poco curazoleño, por Enrique Ballester

A medida que avanzamos en la era de la globalización, el fútbol, un deporte que una vez fue considerado una actividad de ocio, se ha convertido en un fenómeno de la cultura global. Sin embargo, como con cualquier fenómeno, surgen interrogantes y cuestionamientos. En este sentido, es posible que algunos de nosotros nos preguntemos, ¿qué pasaría si descubriéramos que somos más felices sin la Liga?

Es una pregunta intrigante que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de la Liga en nuestra vida cotidiana. ¿Podríamos ser más felices disfrutando de otras actividades durante nuestros fines de semana, como por ejemplo, viendo la Fórmula 1, yendo al cine, de picnic o a los karts con los niños? Tal vez, a medida que pasan los días y nos enfrentamos a la realidad de la vida sin la Liga, podríamos llegar a la conclusión de que hemos construido toda nuestra vida alrededor de una mentira: la de que la Liga es muy importante para nosotros.

Además, a pesar de la globalización y la apertura de numerosas ventanas FIFA, siempre hay un país por descubrir que suena exótico y recién inventado en un videojuego. Esto puede provocar un sentimiento de admiración y envidia por lo ajeno. Y, a veces, algunos de nosotros podemos lamentar no haber investigado nuestras raíces familiares, que podrían haber ampliado nuestras opciones como futbolistas internacionales. ¿Podríamos haber considerado a nuestra pareja potencial con base en si tienen raíces en algún país pequeño como Guam, San Marino o Curazao? Tal vez, si lo hubiéramos hecho, podríamos haber utilizado esas raíces para conectarnos con la federación de fútbol de esos países.

Desde un punto de vista estadístico, es posible que hayamos cometido errores en nuestra vida. Quizás no investigamos las opciones de pasaporte que podría ofrecer el árbol genealógico de nuestra pareja. Tal vez no consideramos la posibilidad de que nuestra descendencia naciera en algún lugar compatible con la política de fichajes del Athletic de Bilbao. Ni siquiera consideramos la posibilidad de que nacieran en enero, o al menos antes de abril, que según las estadísticas, tienen muchas más probabilidades de convertirse en deportistas profesionales debido a su ventaja física y cognitiva desde el primer momento.

En una época donde la formación de un futbolista profesional implica equipamiento de alta calidad y campos de césped artificial, puede que nos preguntemos si hemos hecho todo lo posible para que nuestros hijos tengan la oportunidad de convertirse en futbolistas profesionales. ¿Hemos dejado a nuestros hijos solos con una pelota en medio de la calle? ¿O los hemos obligado a ir a la escuela, entrenar en campos de césped artificial con el mejor equipamiento y desayunar aguacate? Con estos obstáculos, es posible que nuestros hijos nunca lleguen a ser futbolistas profesionales y terminen convirtiéndose en ingenieros.

Está claro que llegar a ser futbolista exige una serie de sacrificios tremendos. Hace unas semanas, leímos una noticia reveladora sobre el Besiktas, que despidió a un joven futbolista por usar una aplicación de citas. Este evento nos lleva a reflexionar sobre las expectativas y normas sociales que rodean a los futbolistas profesionales. ¿Están estos deportistas sometidos a un escrutinio excesivo? ¿Y qué significa realmente ser un futbolista profesional en la era moderna?

De esta manera, el fútbol, a pesar de ser un fenómeno global, también nos plantea una serie de cuestionamientos y reflexiones que nos llevan a reevaluar nuestra relación con este deporte y a considerar las posibles rutas que podríamos haber tomado en nuestra vida.