Una participación histórica sin una mayoría clara

Israel registró una movilización electoral histórica en sus primeras elecciones desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. La participación superó el 77%, el nivel más alto desde 1973, año en que comenzaron a contabilizarse estos registros.

Los primeros sondeos difundidos por medios israelíes sitúan a Benjamín Netanyahu como vencedor de los comicios, aunque su bloque, integrado junto a partidos ultraortodoxos y ultranacionalistas sionistas, no alcanzaría los escaños necesarios para gobernar. La oposición tampoco lograría por sí sola la mayoría, pero podría superar el umbral de los 61 diputados con el respaldo de las formaciones árabes.

El Likud obtendría entre 24 y 25 escaños, frente a los 32 logrados en 2022. Por su parte, Yashar!, el partido del general retirado Gadi Eisenkot, conseguiría entre 21 y 23 diputados. Ninguno de los dos bloques llega por sí mismo a la mayoría absoluta en un Parlamento de 120 escaños. Las listas árabes, impulsadas por una participación inédita en décadas, sumarían entre 17 y 18 diputados y podrían resultar decisivas para la formación del próximo Ejecutivo.

Netanyahu afronta un plebiscito sobre su continuidad

El dirigente del Likud, el primer ministro que más tiempo ha gobernado Israel, concurría a sus primeras elecciones tras una campaña marcada por el miedo. La jornada se interpretó como una suerte de plebiscito sobre el futuro de un líder que ha dividido al país. Tras el cierre de los colegios comenzó el escrutinio y la negociación para construir una coalición de al menos 61 escaños.

Netanyahu y su esposa, Sara, votaron en Jerusalén y llamaron a la ciudadanía a acudir a las urnas: «¡Id a votar!». Su principal rival, Gadi Eisenkot, depositó su papeleta en Herzliya junto a su esposa, Hannah, donde aseguró que «estamos poniendo a Israel en un nuevo camino y responderemos a la confianza de la gente». Netanyahu fue recibido con gritos de «¡Bibi, Bibi, Bibi!», mientras que Eisenkot escuchó «¡Gadi, Gadi, Gadi!».

La elevada participación entre los ciudadanos árabes, que suponen aproximadamente una quinta parte de la población israelí, inquietó a Netanyahu. El todavía primer ministro reclamó repetidamente a sus seguidores que votaran para frenar a esta comunidad, al considerar que se trataba de una cuestión «de vida o muerte». Durante el día difundió mensajes alarmistas en redes sociales sobre el voto árabe y agitó la posibilidad de un fraude electoral. El Likud llegó a pedir una ampliación del horario de votación, confiando en movilizar a más de sus electores.

Mensajes sobre fraude y respuesta de Yashar

Recuperando una estrategia utilizada en campañas anteriores, con textos en X ya empleados en otros comicios e imágenes creadas mediante inteligencia artificial, Netanyahu afirmó de forma reiterada que los árabes «están intentando robarnos las elecciones». Durante la jornada no hizo referencias a Irán y centró su discurso en la supuesta amenaza del voto de los ciudadanos no judíos.

«Nada de playa, nada de barbacoas. Todo el mundo a votar al Likud. Lo que está en juego es el futuro de Israel», señaló el dirigente conservador, antes de advertir de que una victoria opositora «supondrá el fin del Estado judío tal y como lo conocemos».

Yashar respondió mediante un comunicado en el que sostuvo que «Netanyahu está entrando en pánico y ha empezado a inventarse historias y a afirmar que le están robando las elecciones». La formación añadió que el primer ministro estaría preparando el terreno para impugnar los resultados. Eisenkot interpretó los sondeos como una muestra de «ausencia total de confianza» hacia Netanyahu y su gabinete, y prometió formar un nuevo Gobierno lo antes posible.

Votantes divididos ante el futuro político

A las puertas de los colegios electorales de Jerusalén, la continuidad de Netanyahu dividía a los votantes. Tamar Gantz, de 25 años, religiosa y votante habitual del Likud, aseguró que esta vez apostó por el cambio: «Estos cuatro años han sido horribles para nuestra sociedad. Esta coalición nos ha dividido a los israelíes, nunca he visto tanta división interna».

Su opción fue una alternativa liderada por Naftali Bennett, Eisenkot y Avigdor Lieberman. Aunque describió a Netanyahu como «un líder impresionante», consideró que tras el 7 de octubre Israel necesita un cambio real y reprochó al Ejecutivo no haber asumido su responsabilidad por lo ocurrido.

Gantz afirmó incluso estar dispuesta a aceptar un Gobierno con participación de partidos árabes, pese a sus reservas ideológicas: «No me gusta, pero no tengo otra alternativa, así que lo acepto». Su postura refleja el dilema de una oposición muy diversa que necesita reunir 61 escaños para desplazar a Netanyahu del poder.

En cambio, Roni Razalit, de 69 años, acudió a votar en Jerusalén convencida de respaldar al actual primer ministro. «A veces es mejor el diablo conocido que el diablo por conocer. No digo que Bibi sea un diablo, pero es mejor que cualquier otro», declaró. Para esta residente, no hay otro líder capaz de gobernar Israel en un momento tan delicado.

El miedo determina su elección, como la de muchos otros israelíes. Razalit teme la creación de un Estado palestino y ve en Netanyahu la mejor garantía para evitarlo. «Voto a Bibi porque tengo miedo, no porque lo quiera tanto», reconoció.