Los recientes ataques de tigres en el oeste de India, de leopardos en el norte y los casos de personas pisoteadas por elefantes en el este han vuelto a evidenciar los riesgos de la convivencia entre humanos y fauna salvaje. Estas tragedias, como las estampidas o los derrumbes de puentes que se registran con frecuencia en el país, señalan deficiencias del Estado. Pero también reflejan, de forma paradójica, un éxito: los encuentros con animales silvestres son más habituales porque India ha mejorado de manera notable su protección.
La recuperación del tigre, símbolo de la conservación
En la década de 1970, el tigre, animal nacional de India, parecía encaminado a la extinción. Sin embargo, en las últimas dos décadas su población se ha más que duplicado hasta situarse en casi 3.700 ejemplares. Este avance se ha producido mientras los números de la especie descendían en áreas de Asia más ricas y menos pobladas, como Malasia.
El país ha obtenido resultados tan sólidos que aceptó exportar tigres a Camboya, donde la especie se había extinguido. El Proyecto Tigre, nombre con el que se conoce este programa de conservación, se considera un éxito rotundo.
Más especies bajo protección
La estrategia no se limita a los tigres. Hace unos años, el estado occidental de Gujarat abrió una reserva para albergar a su creciente población de leones asiáticos. En el este, el ministro principal de Assam anunció recientemente que durante el año anterior no se había registrado ningún caso de caza furtiva relacionado con su amplia y creciente población de rinocerontes.
Estos resultados han reforzado el entusiasmo por la fauna. Desde 2022, India importa guepardos de África con el objetivo de reintroducir una especie que desapareció de sus fronteras en 1952.
Una cultura favorable a la protección animal
La opinión pública contribuye a explicar la eficacia de India en este ámbito. Para los hindúes, numerosos animales, tanto salvajes como domésticos, son objeto de veneración. En la sociedad india existe además una desaprobación generalizada hacia el daño a cualquier criatura, y el país dispone de algunas de las leyes de protección animal más estrictas de Asia.
La popularidad y el atractivo de especies como los grandes felinos favorecen su conservación. No obstante, el respaldo es tan intenso que también se impulsan medidas para elevar las poblaciones de animales menos llamativos, como el buitre calvo, encorvado y carnívoro.
El impulso político y los programas con objetivos concretos
La defensa de los animales ha sido durante mucho tiempo una causa relevante para los dirigentes del país. Hace más de dos milenios, Ashoka promulgó edictos contra la caza. En la etapa contemporánea, Indira Gandhi, primera ministra durante buena parte de los años setenta, puso en marcha el Proyecto Tigre. Entre las aficiones de Narendra Modi figura la fotografía de vida silvestre.
Otro elemento decisivo es el diseño de las políticas. El Estado indio logra mejores resultados mediante el denominado «modo misión»: programas estructurados alrededor de metas claras y acotadas, gestionados por equipos especializados. Esta fórmula también se aplicó a grandes avances de salud pública, como la erradicación de la poliomielitis y el rápido despliegue de vacunas durante la pandemia de Covid-19.
En conservación, el Proyecto Tigre abrió el camino a nuevas iniciativas, entre ellas el Proyecto Elefante, el Proyecto Leopardo de las Nieves, el Proyecto Delfín y el Proyecto Rinoceronte.
Una red de apoyo entre el Estado y la sociedad civil
Estos programas cuentan con dos grandes respaldos. Por un lado, existe una administración especializada en fauna silvestre. El gobierno colonial británico creó el Servicio Forestal Imperial para la explotación de madera, pero tras la independencia esta estructura fue reorientada hacia la protección de los bosques y de los animales que viven en ellos.
Por otro, interviene la sociedad civil a través de ONG conservacionistas, ecologistas, científicos e investigadores. Estos actores aportan conocimiento especializado y exigen responsabilidades a las autoridades.
Conflictos y retos ambientales pendientes
La conservación india dista de ser perfecta. Uno de sus efectos es el incremento de los conflictos entre humanos y animales. Aun así, resulta notable que un país relativamente pobre, con una capacidad estatal limitada y una presión constante sobre sus recursos, haya conseguido movilizar a la población y a los responsables políticos para proteger a otras especies.
El caso también demuestra que otros desafíos aparentemente irresolubles pueden abordarse. Un país capaz de destinar recursos a defender a los rinocerontes de un solo cuerno no puede sostener que carece de presupuesto o que debe concentrarse exclusivamente en el crecimiento económico para afrontar su aire irrespirable, sus cursos de agua contaminados o sus campos llenos de basura. La mejora del aire y del agua beneficiaría tanto a la población como a los tigres y elefantes.
