Córdoba o la cuna de los grandes anticuarios del Siglo de Oro

Durante los siglos XVI y XVII, la ciudad de Córdoba se destacó como un núcleo de intelectualidad. Aunque muchos reconocen a Luis de Góngora como una de las figuras más celebres de esa época, la verdad es que no estuvo solo. La ciudad de Córdoba fue cuna de grandes escritores, pintores, escultores y, notablemente, un motor para el interés en la historia y el pasado.

La Real Academia de la Historia admite que Córdoba y su provincia fueron esenciales en la búsqueda y estudio de antigüedades de diverso tipo. Esto llevó a que varios intelectuales de la región se consideren precursores de la ciencia arqueológica y defensores de la importancia de estudiar los restos históricos.

Entre los pioneros de este movimiento se encuentran Ambrosio de Morales y Juan Fernández Franco, ambos cordobeses y contemporáneos del renombrado cronista de Carlos I, Juan Ginés de Sepúlveda. Morales, sobrino del humanista Fernán Pérez de Oliva, se destacó como profesor y consejero para Felipe II en la recopilación de los fondos bibliográficos de la Biblioteca del Monasterio del Escorial en la Comunidad de Madrid.

A petición de la Corona, Morales realizó las ‘Crónicas de España’, un intento de proporcionar una historia general y coherente del país. Morales fue un pionero en la investigación histórica, buscando bibliografía y restos arqueológicos para respaldar sus hallazgos.

Por otro lado, Fernández Franco mostró un interés extraordinario por las epigrafías romanas, influenciado desde su infancia por una excavación en el Patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral y por su formación en Alcalá bajo Ambrosio de Morales.

Fernández Franco es considerado el mayor epigrafista de su tiempo, intercambiando correspondencia con eruditos de toda Europa. Su hijo continuó su labor, compatibilizando la medicina con el estudio de las antigüedades.

Pablo de Céspedes, maestro de la pintura cordobesa del periodo, escritor y aficionado a las antigüedades, completa este trío inicial de anticuarios. Céspedes dejó una gran biblioteca y una colección de objetos que incluían alfanjes turcos, piedras preciosas e incluso un supuesto cuerno de unicornio.

En el siglo XVII, una segunda generación de anticuarios emergió. Entre ellos, el escritor e historiador jesuita Pedro Díaz de Rivas, quien heredó el gusto por la historia de su tío, el célebre erudito Martín de Roa. Díaz de Rivas se especializó en epigrafías y monedas de la antigua Bética, y se hizo con parte de los fondos que había acumulado Fernández Franco.

La lista de anticuarios se completa con el erudito Bernardo de Alderete y el escritor y médico Enrique Vaca de Alfaro. Ambos tuvieron una gran inclinación por las antigüedades, que se tradujo en libros interpretando algunas de las piezas de su colección.

Esta tradición de eruditos empezaría a disminuir en la segunda mitad del siglo XVI, pero recuperaría fuerza en el XVII bajo otros formatos debido al cambio de los tiempos. El legado de estos personajes fue fundamental en la gran revolución arqueológica que Córdoba ha vivido en el último siglo y en la concienciación de dar valor y proteger los vestigios y restos como elemento fundamental para la investigación. De aquellos locos del Siglo de Oro vienen los actuales arqueólogos a través de algo que les une: el amor poderoso por la historia y por los testimonios del ayer.