La incertidumbre económica y social que prevalece en Cataluña se ha convertido en un tema de preocupación para toda España. Recientemente, la pregunta de si España se beneficia de una Cataluña en dificultades ha sido objeto de debate. Dada la contribución vital de Cataluña al Producto Interior Bruto (PIB) español, que asciende al 20%, la respuesta es un rotundo no. De hecho, si Cataluña sufre, España también sufre.
En el esfuerzo por recuperarse de la crisis económica, si el motor económico de Cataluña, esencialmente industrial, falla, el impacto será devastador para el conjunto de la economía española. La economía no es una simple rivalidad deportiva, como la que existe entre el Barça y el Madrid, es algo mucho más trascendental.
Los problemas presupuestarios y de financiación de la Generalitat catalana, combinados con su pérdida de poder adquisitivo, están evidenciando que Cataluña ya no es la potencia económica que solía ser. Ya no es la región que atraía a miles de trabajadores y estudiantes de todo el país. Un vistazo a la tabla de salarios medios brutos por comunidades autónomas revela que Cataluña se está quedando atrás. Madrid, el País Vasco y Navarra se están consolidando en la cima, mientras que el salario mensual medio bruto de un catalán es ahora comparable al de un asturiano o un cántabro.
El debate sobre el independentismo catalán está al rojo vivo, con un creciente nerviosismo y la alternativa federalista, que podría ser la mejor solución, no parece avanzar. En medio de este clima, la postura predominante es la de aquellos que están dispuestos a llevar las cosas al límite. Santiago Lago Peñas, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Vigo y miembro de REDE, del Institut d’Economía de Barcelona y del Foro Económico de Galicia, sugiere que la descentralización simétrica que prevalece en España puede ser útil cuando las diferencias radican en las preferencias fiscales, la organización de los servicios públicos, la promoción cultural o las estrategias de desarrollo socioeconómico.
Según Lago Peñas, este enfoque no es efectivo cuando las preferencias se centran en el grado de autonomía. En estos casos, podrían considerarse soluciones asimétricas que no impliquen agravios comparativos, pero que permitan a todos acercarse al grado de descentralización deseado.
Aplicar la recomendación de Lago Peñas no es tarea fácil, pero si hay una salida negociada entre Cataluña y España, la solución no estará lejos de su diagnóstico. Muchos catalanes sienten que el Estado trata injustamente a Cataluña, hasta el punto de que casi el 50 % de ellos votan convencidos de que estarían mejor desconectándose de España. Por lo tanto, existe un grave problema político, que a su vez está vinculado a un problema económico y social.
Desde la perspectiva de los intereses políticos y económicos españoles —Cataluña representa el 19 % de su PIB—, aún se puede mantener un optimismo moderado. Aunque los catalanes no respaldaron mayoritariamente la aventura independentista, el futuro Gobierno de España, que surgirá de las urnas el 20-D, deberá tomar nota y explorar reformas que aporten una estabilidad territorial duradera, posiblemente en la línea de un Estado federal o algo similar. ¿Podría ser esta la ruta hacia una España unida y próspera? Sólo el tiempo lo dirá.
