El grito de las mujeres

La oscuridad cae en el escenario, con luces colgantes que iluminan a los bailarines agrupados alrededor de un enorme cuadrado elevado. Seis micrófonos emiten sonidos extraños en un crescendo gradual, anunciando el inicio de la obra ‘Voice noise’ de Jan Martens.

Esta pieza, dramática y cautivadora, se inspira en el ensayo ‘El género del sonido’ de Anne Carson, que explora cómo la voz de la mujer, con sus tonos agudos y fuertes gritos, ha sido relegada y despreciada históricamente. Carson escribe sobre la condena societal de la voz femenina, desde la antigua Grecia hasta figuras políticas modernas como Margaret Thatcher, independientemente del entrenamiento vocal adquirido.

Con ‘Voice noise’, el coreógrafo belga Jan Martens busca destacar las voces femeninas poco conocidas y casi silenciadas, víctimas de una cultura patriarcal que no las consideraba dignas de reconocimiento artístico.

La obra de Martens presenta una selección de trece voces femeninas distintivas, desde Ruby Elzy, quien fue la primera ‘Serena’ en Porgy and Bess de Gershwin en 1935, hasta la música experimental de Cheri Knight. Se incluyen voces como la de la noruega Maja S.K. Ratkje, que produce sonidos con su propia voz, el coro Coro Delle Mondine di Porporana cantando ‘Bella ciao’, y la canadiense Tanya Tagaq, experta en canto gutural. Estas mujeres conforman una banda sonora a la que se unen los seis intérpretes, con sus gritos desenfrenados inspirados en el ‘ololyga’, un grito de purificación y liberación de prácticas rituales.

La destreza de Martens radica en haber creado una obra donde, a pesar de tener una banda sonora con canciones y voces tan diferentes, sólo con el nexo común de la voz femenina, el resultado es coherente y armonioso.

El espectáculo es una serie de coreografías individuales. Los intérpretes, diversos tanto en edad como en estética corporal, tienen su propia coreografía aunque estén bailando en grupos. No interactúan entre sí, con la excepción de un baile coral. Cada uno tiene un mundo independiente que, al unirse al resto, forma el mundo global de la pieza.

La riqueza coreográfica de ‘Voice noise’ es excepcional, ya que a la vez estamos viendo seis coreografías diferentes. Los intérpretes muestran una fortaleza vocal impresionante, realizando numerosos gritos, gestos y sonidos guturales que intensifican el dramatismo de la obra. Aunque juntos, están solos, creando una soledad colectiva que conmueve.

Fiel a su amor por la geometría, Martens traza en ese cuadrado central una coreografía llena de giros, cambios y variaciones. Los brazos de los bailarines dibujan constantemente líneas en el aire, creando un lenguaje coreográfico casi inclasificable, personal e intransferible.

‘Voice noise’ es una obra íntima. A veces, los cuerpos de los bailarines son apenas visibles en medio de la oscuridad, atrapados entre los gritos de las mujeres que luchan por ser escuchadas. Hay escenas de angustioso silencio, intercaladas entre las voces femeninas de la banda sonora.

Los seis intérpretes son intensos, técnicamente magníficos y con una gran potencia interpretativa. Cada uno tiene una personalidad definida, pero están unidos por una coreografía que proporciona coherencia al espectáculo.

En su creación ‘Voice noise’, Jan Martens utiliza las voces femeninas para destacar la rebeldía y la necesidad de escuchar a la mujer. Su habilidad para usar el cuerpo y el movimiento como instrumentos visuales es un recordatorio potente de la presencia de las mujeres en un mundo que a veces puede ser ensordecedoramente sordo.