En el mundo del periodismo deportivo, el arte de la crónica se presenta como una tarea exigente y desafiante. A menudo se ha dicho que ser cronista deportivo es un oficio cabrón. Una labor que te consume y te escupe, te impulsa al límite constantemente. El desafío de escribir bajo presión, con la necesidad de ser rápido, preciso y coherente en un ambiente de emoción y tensión, es indudablemente arduo.

La inmediatez es crucial, porque no hay supervivencia sin ella. Además, tu mirada tiene que competir con la del realizador y su ejército de cámaras. A pesar de esto, se espera que seas coherente, aunque un partido mal diagnosticado pueda acabar aplastándote. Pero si algo define al cronista es el miedo. A no llegar a tiempo. A la errata. Al mal análisis. A la reacción del lector que busca que le masturben, y a la del protagonista, que pretende salir indemne ante un espejo que siempre le deforma.

En ocasiones, los cronistas deportivos pueden sentir que no tienen idea de fútbol, y que los estadios no son más que un lugar donde encuentran la metadona a sus complejos. Ni deportistas, ni escritores. Pero, a pesar de todo, son esenciales. En esos estadios, los cronistas se han dejado trozos de sus vidas mientras relataban éxitos y, sobre todo, derrotas. Nunca las nuestras. No es sencillo.

Ramon Besa, un reconocido cronista deportivo, es un ejemplo de esto. Cuando escribe, nunca habla. Tampoco sonríe. El sufrimiento define al cronista. No hay otra interacción posible que no sea con la página en blanco, porque es la que en realidad te humilla y acaba contigo si percibe que no eres capaz de controlar tus demonios.

Recientemente, se produjo un incidente en el que Xavi Hernández, antes celebrado futbolista y ahora sufrido entrenador, intentó humillar al cronista durante el partido en el que el Barça eliminó al Nápoles y se clasificó para los cuartos de final de la Champions. Xavi, inmerso en esa espiral revanchista que le acompaña desde que decidió irse sin haberse ido, decidió pasar facturas y recordó un titular de Ramon Besa en El País de hace cuatro meses: «El Barça es el bufón de Europa«.

En aquel momento, el Barça había perdido ante el Shakhtar en otro de aquellos partidos lastimosos que han definido la participación continental del equipo durante los últimos nueve años. Nadie se le ocurrió buscar las respuestas en La Masia, origen de la última resurrección.

Xavi debe entender que los cronistas a los que exige devoción y militancia, antes desde el paraíso dictatorial de Qatar, ahora desde la corrosiva Barcelona, seguiremos en nuestras tribunas de prensa cuando él ya no esté. Despreciados. Y con el mismo miedo al fracaso. Porque nosotros, los cronistas, perdemos a diario. Y Xavi, por suerte, sólo de vez en cuando.