Montjuïc estaba lleno hasta la bandera cuando acogía carreras de coches en los años 60, 70 y 80

Montjuïc: La Joya Perdida de la Fórmula 1

En un reciente viaje en taxi, el conductor mencionó algo que resonó fuertemente en mi mente: «Ya podrían haberse llevado los cochecitos a Montjuïc«. Su comentario se refería a la exhibición de la Fórmula 1 que tuvo lugar esta semana en el paseo de Gràcia. No pude evitar estar de acuerdo con él. Sin embargo, el hecho que desconocía era que, el 27 de abril de 1975, después de muchos años de romance con los coches de carreras, la montaña de Montjuïc los expulsó.

Para aquellos de mi generación, esta es una historia desconocida. En cambio, nuestra relación con nuestra montaña mágica es menos espectacular. Donde una vez rugieron potentes motores de Fórmula 1, nosotros realizábamos a 25 kilómetros por hora nuestras prácticas para sacarnos el carné.

De hecho, lo más cercano a las carreras que viví fue una de esas carreras de 24 horas organizadas por las peñas moteras de la ciudad. Fue un día inolvidable de 1986, en el que un primo mayor competía con su Vespa.

Montjuïc: La Época Dorada de la Fórmula 1

Sin embargo, la verdadera gloria de Montjuïc se vivió entre 1969 y 1975, cuando la montaña acogió el Gran Premio de España de Fórmula 1. Los mejores pilotos internacionales se enfrentaban en un circuito urbano con vistas panorámicas de 360 grados de la ciudad. Las curvas del circuito tenían nombres evocadores como Miramar, Teatro Griego o Fuente Mágica.

Un circuito «precioso y peligroso»

El circuito de Montjuïc tenía fama de ser «precioso y peligroso». Se decía que era lento y enrevesado en su primer tramo, y endiabladamente rápido en el segundo. Antes de Montjuïc, las carreras de autos y motos se habían llevado a cabo en Pedralbes, y después lo harían en Montmeló, de la posguerra a las Olimpiadas. Pero Montjuïc, con su combinación de belleza y peligro, era único.

Todo cambió el 27 de abril de 1975. Ese día, el campeonato se vio empañado por la tragedia. Los guardarraíles eran deficientes y el piloto Emerson Fittipaldi se negó a correr. Finalmente, un fallo mecánico causó que el alerón de un coche se desprendiera, matando a cinco personas y cerrando el circuito para siempre.

La cruda realidad era que Montjuïc no estaba preparado para la evolución tecnológica de los coches de carreras. Se necesitaban circuitos donde el público no estuviera tan cerca, menos naturales, menos preciosos y menos peligrosos.

La Paradoja de la Fórmula 1 en la Ciudad

No puedo evitar pensar en la paradoja que representa la celebración de un evento de Fórmula 1 en una ciudad que busca reducir el uso del automóvil. Sin embargo, la nostalgia por aquellos días de gloria no puede ocultar que la exhibición del motor en el centro de la ciudad parece algo del pasado. Y quizás, al igual que los coches en el circuito de Montjuïc que corrían en sentido contrario a las agujas del reloj, es hora de que cambiemos de dirección.

El legado de Montjuïc como un circuito «precioso y peligroso» perdurará en la memoria de todos los amantes de la Fórmula 1. Aunque su historia esté marcada por la tragedia, su espíritu sigue vivo en cada curva y cada recta de los circuitos actuales.