Las elecciones de medio mandato en Estados Unidos han reflejado el rechazo de una parte importante de la población a las políticas de Donald Trump. Los demócratas han logrado la mayoría tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, además de imponerse en Estados tradicionalmente republicanos como Texas y Carolina del Sur.
Un presidente debilitado en la política interna
El resultado electoral ha provocado alivio en buena parte de las capitales europeas, aunque no supone el final de una presidencia que ha generado riesgos para la economía, la defensa y la democracia del continente. Más bien abre una etapa de transformación del régimen trumpista, cuyo rumbo todavía resulta incierto.
Estados Unidos ha vuelto a demostrar su capacidad de autocorrección, una característica propia de las democracias. Trump inicia ahora un periodo como “pato cojo” en el ámbito nacional, aunque no necesariamente en la política exterior. En Washington crecerá la tensión, con comisiones de investigación sobre posibles conflictos de intereses en la Casa Blanca y la eventual apertura de un nuevo juicio político o impeachment, el tercero de su convulsa carrera política.
El presidente llegó a los comicios con índices de popularidad muy bajos. Pese a las recomendaciones de sus asesores, hizo campaña como si él mismo figurase en las papeletas. Tras conocerse los resultados, sostuvo, por el contrario, que no era candidato. Esa contradicción forma parte de su estilo político.
Muchos de sus electores padecen el encarecimiento del coste de la vida y de la gasolina, en buena medida como consecuencia de la guerra de Irán. Las minorías raciales, especialmente los hispanos, también se han mostrado decepcionadas con unas políticas económicas y migratorias que, a su juicio, dificultan la posibilidad de alcanzar el sueño americano.
La “ola azul” y la búsqueda de protagonismo
Por primera vez, Trump ha reconocido una derrota, un hecho inédito que puede explicarse por la dimensión de la llamada “ola azul”, identificada con el Partido Demócrata. A partir de ahora, previsiblemente recurrirá al veto presidencial frente a las leyes que cuestionen sus decisiones.
Su principal inquietud será mantener una presencia constante en los medios de comunicación. Trump no concibe la política sin ocupar el centro de la actualidad durante las veinticuatro horas del día, y tratará de interferir en el debate sobre su sucesión en 2028. Una manera de compensar la derrota legislativa podría ser concentrar sus esfuerzos en la política exterior y la defensa, áreas en las que la Constitución de Estados Unidos concede amplias competencias al presidente.
Sin embargo, la combinación de aislacionismo y uso de la fuerza militar que ha aplicado hasta ahora no responde a una estrategia definida. Además, ha perjudicado la economía estadounidense y su capacidad de atracción internacional, el denominado poder blando. Los dos últimos años de su mandato pueden agravar un legado exterior marcado por el aumento de los riesgos globales, la volatilidad y la incertidumbre.
Los desafíos para Europa y los conflictos internacionales
Para Europa, un Trump debilitado internamente puede resultar más peligroso que el de los dos primeros años de su segundo mandato. La guerra en Irán podría intensificarse con nuevos ataques contra el régimen de los ayatolás, de nuevo sin una estrategia clara para alcanzar la victoria y concluir el conflicto.
En Ucrania, continúa la presión sobre Volodímir Zelenski para que acepte las demandas territoriales de Vladímir Putin, dispuesto a transformar al país vecino en un Estado fallido o subordinado. No obstante, los legisladores republicanos, mayoritariamente críticos con la benevolencia de Trump hacia Rusia, podrían contradecir por primera vez al presidente debilitado y pactar con los demócratas la reanudación de la financiación para el Gobierno de Kiev.
Vance y Rubio miran a la sucesión
Los dos principales aspirantes a suceder a Trump, JD Vance y Marco Rubio, han comenzado a desmarcarse de las pulsiones imperialistas de su líder. Durante los próximos meses intentarán proyectar una imagen de políticos razonables y sensatos ante el ruido y la imprevisibilidad de una Casa Blanca que puede volverse aún más inestable.
Europa tiene, por su parte, la oportunidad de resistir con mayor eficacia las presiones de Washington en materia de comercio, tecnología y defensa, siempre que preserve de forma pragmática los vínculos necesarios a ambos lados del Atlántico.
La seguridad europea continúa dependiendo de la contribución de Estados Unidos, tanto dentro de la OTAN como mediante las relaciones bilaterales con los países del continente. Del mismo modo, la revolución tecnológica actual está liderada claramente por grandes empresas estadounidenses.
La tarea de Europa consiste en sostener un atlantismo basado en valores compartidos, al tiempo que impulsa las reformas económicas necesarias y refuerza sus capacidades comunes en defensa y tecnología. Al menos ahora, hay luz al final del túnel.

